Vivimos, ¿quién puede negarlo?, en plena era de las oportunidades; por ser más preciso, en la planta de oportunidades. No hay mercancía que no se recicle y aproveche, ni idea, por peregrina que parezca al lector poco avisado, que no engendre nuevas perspectivas que amplíen nuestros horizontes y expectativas. Al menos, así lo cree mi familia apócrifa, ansiosa de disfrutar de las novedades de una legislación que alumbra nuevos derechos y nos da ocasión para romper barreras, aquí las del conocimiento.
Así, la hija de mi prima Tránsito quiere emular a Thomas Beatie y ser, no ya el primer hombre embarazado, que ese honor le corresponde al vendedor de seguros de Phoenix, sino el primer abortista. Ha hecho promesa de acudir al registro civil tan pronto como se apaguen las velas de su tarta del decimosexto cumpleaños e inscribirse como hombre. Lograda la inscripción, se propone abortar, evitando así convertirse en progenitor(a) gestante, y acudir con premura a los platós de televisión a compartir su experiencia con una audiencia anhelante de edificantes historias de superación personal. La buena de Tránsito me cuenta que su hija anda algo mohína porque no ve claro que la sola inscripción registral la transforme en heterogamética. Aunque posiblemente no sean más que resquemores de adolescente, no descarto que en el futuro sustituyamos los vulgarismos “hombre” y “mujer” por las denominaciones, científicamente más precisas, de “ser viviente bípedo e implume de genotipo XY” y “ser viviente bípedo e implume de genotipo XX”. Lo apolíneo triunfa finalmente sobre los dionisiaco.
Por otro lado, me cuenta mi primo Radin que ha decidido poner la casa en la que vive a nombre de su perro Pancho. Sostiene que es una manera de reconocerle la condición de ser sintiente y dotado de derechos, concretamente el de propiedad. Añade que eso le servirá en el proceso de aprendizaje para convertirse en un buen ciudadano, que, como todos sabemos, es aquella persona que paga impuestos con la vana esperanza de recibir algún día alguna prestación a cambio. Radin, con ese acento francés tan suyo, me ha relatado sus gestiones ante las distintas —crecientes y expansivas— administraciones tributarias para comunicarles el cambio de titularidad del bien. Parece ser que los funcionarios han acogido con alborozo la novedad pues no dudan de la fidelidad de Pancho también con las haciendas públicas.
Mientras tanto, mi tía Etna aguarda con impaciencia la aprobación de la Ley de volcanes, brumosamente prometida por el líder de la oposición; o no. Tita Etna lleva años convencida de que los socavones que se abren en su calle no son sino crías de volcanes que pugnan por el libre desarrollo de su personalidad. Solo la falta de una ley que les reconozca sus derechos les librará de este penar telúrico. No ocultaré que la esperanza de Etna tiene un punto sombrío, bien que adobado de cariño filial: su hija Dogmática, abogada con despacho abierto, anda chinchándole con no sé qué problemas de distribución territorial del poder. Sostiene Dogmática que una posible reforma estatutaria permitiría a las comunidades autónomas asumir competencias exclusivas en materia de volcanes y eso podría dificultar, Dios no lo quiera, la aprobación de ley tan necesaria.
Quizás haya tenido usted, estimado lector, noticia de un viajero en el tiempo que nos anticipa la fecha de invasión alienígena de la tierra: el 23 de marzo. Pierda cuidado, dudo que ninguna inteligencia superior extraterrestre tenga el cuajo de quedarse entre nosotros. Bastará con que se asomen y oteen el horizonte e inevitablemente volverán por donde han venido con la firme promesa de nunca más pisar este hermoso planeta que nos esforzamos, con eficacia digna de mejor causa, en degradar.


