Dra. Elsa Martí Barceló

La ira , buena o mala, según se aplique…

Cuando la ira intenta adueñarse de mi forma de pensar, sentir y actuar ¡Yo reacciono! Reacciono porque me ayuda hacer “consciente lo inconsciente”, ubicar en mi interior lo que en la realidad existente me “irrita”, me “indigna”, me “frustra”, me da “rabia”,  me “enfada” o me “decepciona”. En definitiva, hacer presente lo que me provoca dolor, sufrimiento o me parece injusto.

La ira es la brújula que guía mi actitud y conducta como acto de protesta cuando mi pensamiento, de forma fugaz, tropieza con el egoísmo, la soberbia o el desprecio; con la falta respeto, caridad o reconocimiento; con la falta de empatía, la mala educación o con un “Yo” arrogante y posesivo donde su verdad es la verdad absoluta.

Una emoción considerada buena y positiva si es funcional, si capacita a nuestro YO para afrontar los problemas, dificultades e impedimentos que se presentan a la hora de ser y hacer, si cumple con la misión de protegernos frente al engaño, abuso o manipulación a nivel personal, social o profesional.

Y, sin duda, una emoción negativa, cuando en vez de proteger, daña y perjudica, lleva a la persona actuar de manera impulsiva e irracional, atacante y combatiente, perdiendo el control, reaccionando de forma agresiva y violenta, eclipsando momentáneamente la objetividad en su “forma de ver” e interrelacionarse con el mundo exterior y con las personas que habitan en él.

Educar la respuesta a esta emoción es el secreto para convivir y sobrevivir a ella. Para evitar experimentar lo que más desagrada, sentimientos de culpa o vergüenza por conductas inadecuadas, desordenadas, poco equilibradas ante situaciones que se presentan y no son de agrado. Y para preservar, proteger la autoestima, confianza en las propias habilidades, al custodiar,   poner a buen recaudo las virtudes, capacidades, facultades que rigen la tenencia de una buena conciencia. Entre ellas la  prudencia, paciencia, caridad y tolerancia. Herramientas todas ellas imprescindibles para obrar con satisfacción al elegir bien.

Hacer buen uso de esta emoción, sopesar de forma anticipada cómo nos puede hacer sentir, es lo que consolida el éxito en las batallas con otras formas desiguales de “ser, hacer y conseguir”.

Las canas, el conocimiento adquirido a través de experiencias vividas me han hecho asimilar lo importante y necesario que es para mí evitar actitudes iracundas que resten paz o bienestar en mi interior. Los tiempos convulsos que vivimos, azotados por la crueldad y el sufrimiento, por la pérdida y devastación de los bienes más preciados: fe, amor, salud y trabajo ponen a prueba de forma constante y repetida nuestra forma de reaccionar frente a esta emoción.

La educación recibida, mi experiencia personal y profesional, me han hecho comprender que la ira, en su amplio abanico de intensidades, no cambia situaciones, pero sí a las personas. De cómo en función del grado de tolerancia a la frustración, decepción o sufrimiento las trasforma para bien o para mal.

De ahí mi esfuerzo a diario para intentar no dar rienda suelta a mi enfado y frustración cuando me siento tratada de forma injusta, desagradable u ofensiva; la perseverancia en controlar cuál debe ser la actitud correcta que adoptar poniendo límites a su manifestación para no perder el norte en mi forma de actuar, para no dañar vínculos importantes en el ámbito familiar, social o laboral, personas queridas de mi interés que piensan diferente.

Aprender a expresar la ira de forma equilibrada, sana y saludable es mi principal desafío en el día a día. Un reto en el que persevero, intento cumplimentar, gracias a entender, hacer propio, que la ira mal controlada resta y no suma, aleja y asusta, no genera empatía en aquellos que nos rodean.