navidad-un-dia-inolvidableDRA. ELSA MARTÍ BARCELÓ

Una vez más la efeméride de la Navidad se hace presente llegado el mes de diciembre. Una fecha emblemática por el significado que entraña para tantos y tantos cristianos, ser el día especial en que familias de todo el mundo se reúnen para conmemorar el nacimiento de Jesús en Belén hace más de 2000 años.

El día que nos asombró de pequeños por la singularidad de sus rituales y tradiciones y que de mayor nos atrae y enamora por el mensaje de amor, esperanza, paz que traslada.

Una fecha especial en el calendario por dotar de significado lo que lleva implícito educar la mente para dar y recibir amor en pro de experimentar la alegría y la paz, sobrellevar la nostalgia y alejar el rencor.

El espíritu de la Navidad perturba nuestro interior con intención de que meditemos sobre “el legado de los que hoy a pesar de no estar siguen presentes”, la importancia de la fe, amor, generosidad, solidaridad a la familia y cercanía a los demás.

Contagiarse, impregnarse de su esencia es lo que da pie a hacer un análisis profundo y sincero de sus enseñanzas; lo que determina en nosotros ejecutar la decisión de actualizar, renovar creencias, actitudes, emociones y sentimientos que ayuden a discernir sobre lo verdaderamente importante y necesario para tener una vida plena y satisfactoria. A ser consciente de cómo y en qué podemos mejorar como cristianos, ya que Él nació, vivió y murió por nosotros. En mi caso, legado de mis padres, que empecé a recibir en cuanto tuve uso de razón.

Ellos fueron los que, con su delicadeza y ternura, despertaron en mí la curiosidad por conocer más sobre la figura de Jesús. Los que de forma sutil me capacitaron para discernir lo que tan difícil era entender para mí entonces, y que sin embargo hoy comprendo y acepto, la transcendencia de su misión.

Me resultaba complejo asimilar la capacidad de obediencia, sumisión de un joven de 33 años en la flor de la vida, su resiliencia, ánimo y fortaleza para enfrentar el dolor y sufrimiento. Su fuerza moral para no frustrarse cuando otros le rechazaban o no le creían. La resignación con la que aceptó su destino final, morir en la cruz; y por supuesto la actitud de aceptación de sus padres, su tolerancia y conformidad con el sufrimiento, muerte y final de su hijo.

Cuando pienso en ello es cuando me doy cuenta de lo grande que fue, es Jesucristo y la familia en la que nació.

El líder más extraordinario de la historia por ser ejemplo de amor y entrega, por sus enseñanzas inspiradoras, influyentes y motivadoras de esperanza y vida después de la muerte; por su actitud humilde y valiente frente al poder y el peligro; por la habilidad que tenía para practicar la inclusión como forma de conectarse y llegar a los demás; por su capacidad de esfuerzo y compromiso para  crear y fortalecer un equipo de colaboradores excepcionales para difundir sus mensajes; creer en su promesa de vida eterna al resucitar entre los muertos y estar vivo hoy y, sin duda, porque todavía, después de 2000 años, la humanidad sigue hablando de Él.

No sería justo terminar estas reflexiones sin destacar el papel de la Virgen en la obra de salvación de su hijo. Nuestra intercesora, la que nos guía hacia el camino de la conversión, la que se aparece para enseñarnos a vivir, amar y ser aceptados a los ojos de Dios. La figura a la que todos en situaciones adversas nos acercamos buscando cobijo y consuelo. Sin ir más lejos Yo en la reciente pandemia y posterior muerte de dos hermanos en apenas casi una semana.

La que nos induce a participar, solidarizarnos en iniciativas como la de “España con Garabandal”. Una iniciativa promovida por laicos de toda España para dar a conocer las apariciones Marianas en San Sebastián de Garabandal en los años 60 a cuatro niñas y difundir su mensaje; la importancia de la eucaristía, penitencia, sacrificios y visita al Santísimo.