adolescentes con cargoLuis Pomed

Hago votos por que entre el momento en que redacto estas líneas y aquel en el que vean la luz la situación haya cambiado radicalmente y puedan ser leídas al calor del amor en un bar, o degustando un vermú bajo el sol primaveral. Mucho me temo, sin embargo, que este pío deseo no se hará realidad pues los augurios no invitan precisamente al optimismo.

Sea como fuere, esta situación de emergencia nacional acabará. Bueno será que entonces echemos la vista atrás y hagamos balance de nuestros comportamientos, como individuos y como sociedad. Quizás no estará de más hacerlo apoyados en la excelente tetralogía sobre la ejemplaridad confeccionada por Javier Gomá; o, más modestamente, en el tercero de sus libros “Ejemplaridad pública”. Constituyen una decidida apuesta por la construcción de una ética social igualitaria que prime los comportamientos virtuosos, es decir, aquellos dignos de imitación y que hagan más sólidos, a la par que elásticos, los vínculos que nos unen y sobre los que se asienta nuestra libertad individual.

Nos recuerda el autor cómo en los últimos siglos se ha avanzado notablemente en la articulación de un sistema de libertades que protege la individualidad, hasta el extremo de que nuestras carencias deben buscarse más que en la protección de la autodeterminación del sujeto en su socialización. Somos libres de expresarnos, aunque no tengamos nada que decir, como ilustran hasta la saciedad tantos y tantos escribanos de las redes sociales. Podemos cuestionar cuantas decisiones del poder público nos venga en gana, aunque nosotros mismos ostentemos algún poder público. Lo que no está tan claro es que nuestro sistema exija suficientemente la coherencia con nuestros comportamientos y nos demande madurez. La diferencia entre adolescentes y personas maduras no se halla en el distinto grado de libertad de que disfrutan unos y otros sino en la conciencia de que la madurez conlleva la responsabilidad por los propios actos. Una conciencia que, rectamente ordenada, ha de llevarnos a comportarnos siguiendo el imperativo categórico, es decir, no condicionado por las circunstancias, de que nuestra regla de conducta pueda servir de ejemplo universal.

No es cuestión baladí, pues la ejemplaridad es el fundamento de la formación de nuestros hijos y el presupuesto de una democracia de calidad de ciudadanos libres e iguales. La formación supone la interiorización de unos valores que aprendemos de nuestros padres; la democracia es un sistema de gobierno no trascendente que reputa a todos los ciudadanos iguales en dignidad y derechos, una apuesta colosal y arriesgada, que jamás en la historia nos atrevimos a hacer y que resulta, por ello mismo, frágil y precisada del cuidado constante de todos nosotros.

Pues bien, descendiendo al terreno de lo concreto, me pregunto si en las actuales circunstancias todos nos hemos comportado inspirados por ese imperativo categórico. Hoy mismo he tenido noticia de que una antigua colaboradora ha vuelto desde Bolivia, donde trabajaba en la cooperación española al desarrollo, y se ha autoimpuesto una estricta cuarentena hasta que pueda abrazar a sus padres. Puedo igualmente citar casos de quienes han viajado a sus casas y se han encerrado en una habitación para evitar cualquier atisbo de riesgo de contagio a sus familiares. Todos conocemos, en fin, a quienes cumplen escrupulosamente las indicaciones de las autoridades sanitarias. Son legión y son ejemplos de personas anónimas que van armando el entramado de una sociedad democrática, pluralista y respetuosa con la ley.

Frente a estos ejemplos, dignos de imitación y reconocimiento, no han faltado los contraejemplos. Ha habido quienes han optado por pasar la cuarentena en su segunda residencia, incluso cuando ya sabían que eran portadores del virus, incrementando así el riesgo de contagio a terceros. Seguimos sin entender muy bien la especial naturaleza de la cuarentena intermitente del vicepresidente segundo del Gobierno. O, en fin, ignoramos cómo es posible que un antiguo concejal de urbanismo —no se confunda con urbanidad— alardeara en las redes sociales de las bondades de pasar la cuarentena en el privilegiado entorno serrano de Torrelodones. Se me dirá que lo hizo antes de la entrada en vigor del estado de alarma. Cierto es, puedo replicar, pero no hablamos aquí del cumplimiento de las normas sino de las conductas ejemplares, aquellas que pueden ser generalizadas y que al serlo mejoran la convivencia. ¿Puede predicarse tal cosa de los padres que acuden con sus hijos a los parques balizados de quienes se van “de puente” en pleno confinamiento? Si necesitan que se les recuerde la gravedad de la situación o que se les muestren las imágenes de Bérgamo, quizás se deba a que su fibra moral hace tiempo que quebró, o quizás jamás llegó a existir. Son individuos que consideran que las normas solo rigen para terceros, como así lo creemos todos en algún instante de nuestra adolescencia, antes de adquirir conocimiento de nosotros y del prójimo.