Luis Pomed Sánchez
- Soluciones habitacionales. Cuenta la leyenda que, por aquellos años, la única ardilla que sobrevivía en la península ibérica podía atravesar todo el territorio “estatal” saltando grácilmente de vivienda pública en vivienda pública. Fue tal el éxito del anuncio de la salida al mercado inmobiliario de un océano de pisitos para menesterosos que su mera enunciación conllevó la automática adaptación del planeamiento urbanístico y la pronta finalización de las obras de edificación. El Estado español, ese que únicamente dispone de territorio para actuar como promotor, devino así Magno Tenedor.
Quienes supieron ver antes que nadie las consecuencias de la transformación urbanística de España, subespecie retorno a la renta antigua, fueron las preclaras mentes que elaboraron el programa electoral de Vox. ¡Qué capacidad para anticipar el futuro!, ¡qué finura a la hora de identificar los problemas y ofrecer las soluciones! Con confesada envidia he de referirme a su “programa único”, que acertaba a englobar en apenas una resma de papel el tratamiento adecuado para la vida del municipio único en el que había de convertirse España, transformándose las comunidades autónomas en barrios y las provincias en distritos. Da lo mismo que usted viva en Jarandilla de la Vera o en Bilbao, pues sabrá que si se decanta por la opción vocera contribuirá a la prolongación de la red de metro. Por el cemento y la obra pública, a la homogeneidad social.
- La identidad de los partidos ontológicos. No menos galanos se mostraron nuestros políticos ontológicos (lo importante es el ser, sin que ello suponga desdoro de la pura apariencia). Revelada la verdad de que Teruel —y otras denominaciones administrativas— existe, asegurada la defensa de la identidad bajoaragonesa desde las cálidas arenas de La Malvarrosa, unos se lanzaron ufanos a la proclamación de que el conjunto de Aragón existe y todos juntos a postular la gran solución para el problema de la España vaciada: llenar las viviendas públicas de concejales.
Los políticos ontológicos, que tanto son vecinos de Mirambel o de Torrelodones, podrán seguir cultivando su indefinición ideológica, que tan buenos réditos ha arrojado. Nada nuevo bajo el sol, pues la política fundada en las identidades inalterables ha sido la base desde la que se ha acometido históricamente el asalto a la fuerza reguladora de la razón. Es esa defensa acérrima del ser inmortal su principal activo, que tanto les aproxima al populismo, siempre de viejo cuño y baja estofa, y les aleja de la consideración de la democracia como un sistema político fundado sobre la consideración de la ciudadanía como un conjunto de sujetos responsables, libres e iguales en derechos y deberes.
- Sainete castizo. La Comunidad de Madrid ha acertado a celebrar, en un mismo día y lugar, su fiesta regional y el acto central de la campaña electoral. En el casticismo más puro, la presidenta doña Nicasia y el ministro don Sidonio dieron, con comicidad jacarandosa, una pincelada costumbrista, que tan de agradecer resulta en esta tierra reseca. Buscaban ambos el feliz desencuentro, para así hacerse valer ante sus afines, a quienes les ha faltado el tiempo para mostrar cómo los siervos de la gleba acuden prestos en defensa de su señor(a).
A fuer de ser sincero, debo confesarles que me asalta una duda: Puede que merezca todos los parabienes el hecho de que el edificante espectáculo se haya ofrecido desde la casa de Correos en horario de máxima audiencia y anticipándose a la apertura formal de la campaña electoral. Cabe preguntarse, no obstante, si era necesaria esta reivindicación del poeta Gil de Biedma y proclamar a los cuatros vientos la vulgaridad y el desprecio total de que es capaz, frente a la elegancia, un intratable pueblo de cabreros. Cabreros son, según nos recuerda el diccionario de las academias de la lengua española, tanto los pastores de cabras como quienes suelen mostrarse malhumorados, agresivos o irritados, estado parece que inevitable de nuestros políticos, incluso en campaña.

