El triunfo del Frente Judaico Popular. Vivir en la campaña electoral permanente significa, entre otras muchas cosas, hacerlo en un contexto de polarización constante. Los periodos electorales son aquellos lapsos temporales en los que se subliman las diferencias y se acentúan las discrepancias para que el elector, sabiamente guiado por el marketing partidista, no confunda al original con la copia y vote “bien”. La política actual se asemeja cada vez más a la famosa escena de “La vida de Bryan” de los Monty Python donde los cuatro militantes del Frente Popular de Judea, teóricos opositores al imperialismo romano, gastan todas sus energías descalificando a otros grupos afines como el Frente Judaico Popular, el Frente del Pueblo Judaico, o, peor aún, la Unión Popular de Judea. A todos ellos odian más que al mismo romano imperialista al que dicen combatir.
Ni que decir tiene que en ese acentuar los perfiles propios y rechazar todo mestizaje o confusión con terceros representa un papel capital la demolición de los puentes y el licenciamiento definitivo de los pontoneros, para prevenir el riesgo de su reconstrucción. Bajo ningún concepto nunca más dialogar, porque el diálogo se basa en la igualdad de partes y en la aceptación de que nuestro interlocutor puede aducir razones merecedoras de atención. Al igual que sucediera en la guerra civil, período que parecen añorar algunos ignaros, hay que señalizar las trincheras donde estamos “Nosotros”, con nuestra superioridad moral intacta y donde se ocultan “Ellos”, compendio de todo mal sin parte de bien alguna.
El poder, ese oscuro objeto de deseo. Sorprenderá al lector poco avisado que los ministros critiquen decisiones del Gobierno, o los consejeros autonómicos echen de menos acuerdos que ellos mismos acaban de adoptar. Nada más coherente con la campaña electoral permanente. En ella, el poder es un oscuro y lejano objeto del deseo de los aspirantes a ocuparlo; nadie es titular de un órgano sino que todos son aspirantes a un puesto. Por eso mismo, nadie es responsable de lo que se haga en ese órgano, o con ese órgano, en especial cuando se han extinguido las instancias deliberativas. Los candidatos aspiran a participar en una instancia diferente de esta nuestra democracia de aclamación. Los gritos de rigor han cambiado pero su función integradora de la grey se mantiene incólume.
Gobernar es de cobardes. Gobernar, gestionar la cosa pública o diseñar y ejecutar políticas públicas que satisfagan las necesidades de los ciudadanos, es cosa menor. Precisamente por eso, los grandes protagonistas de nuestro tiempo no se dedican a tales minucias. Ellos (y ellas) están llamados a más altos destinos, a los que aspirarán desde la tierra conquistada del cargo que en cada momento ocupen, u ostenten y hasta detenten, que de todo hay en la viña del Señor.
Ha desaparecido el clásico periodo de gracia de cien días que se concedía a todos los condenados a gobernar porque la formación del gobierno no supone nada. El movimiento perpetuo de la campaña electoral conlleva la permanente descalificación del rival y la llamada constante al cierre de filas de los afines. Como no se gobierna, no se gestiona, no se diseñan políticas públicas, importa menos la presentación de proyectos de ley, o de presupuestos generales, que las aportaciones al rico mundo de las redes sociales. De siempre, la designación para los altos cargos ha sido más el premio por los servicios prestados que la apuesta por aquellos que puedan prestarse en el futuro. La novedad es que esos servicios futuros quedan orillados por la actividad primordial: la agitación y propaganda electoral constante.
En fin, ¿si la democracia reclamara el recuerdo y rechazar el olvido, si incorporara un contenido ético? Si así fuera, y así debe ser, nos repugnaría que algunos sujetos hayan expresado su hondo pesar por el fallecimiento de quien salvajemente asesinó a once inocentes en el asesinato perpetrado contra la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza el 11 de diciembre de 1987. Nuestros recuerdos estarían con las víctimas, en particular con las cinco niñas de entre tres y siete años cuyas vidas segó un sujeto que no merece recuerdo alguno.

