walter-durantyLuis Pomed Sánchez

Hace noventa años se desarrollaba en las fértiles llanuras de Ucrania una de las terribles catástrofes humanas que habrían de asolar aquellas tierras en la primera mitad del siglo XX: una hambruna que segó la vida de aproximadamente cinco millones de personas y que ha pasado a la historia con el nombre de Holodomor (literalmente, en ucraniano, “matar de hambre”). No hay acuerdo entre los estudiosos en torno al grado de responsabilidad que cabe adjudicar a Stalin y sus secuaces como desencadenantes de la tragedia, pero existe un consenso amplio acerca de su culpa por desentenderse de la suerte de sus compatriotas. No solo no hicieron nada por aliviar su situación, sino que contribuyeron decisivamente a agravarla al incrementar las requisas de grano. Los agricultores se veían, así, privados de sus alimentos presentes y desposeídos de las semillas con las que cultivar los futuros.

El campo ucraniano se asemejó paulatinamente al infierno de Dante, o quizás a las campiñas por las que vagan los muertos vivientes en algunas películas y series de terror. Con la diferencia de que el terror lo padecían hombres, mujeres y niños que deambulaban movidos por la esperanza inicial de hallar alimentos y sin destino ni propósito alguno, una vez extinto ese anhelo. Las escasas fotografías que nos han llegado conmueven el alma y los testimonios de los supervivientes hieren como lanzas. Nos preguntamos, como tantas veces al repasar la historia del siglo XX, ¿cómo fue posible?

Fue posible, fundamentalmente, porque los responsables políticos de la Unión Soviética antepusieron la consecución de objetivos macroeconómicos a medio y largo plazo (el desarrollo industrial, que debía financiarse con los excedentes agrícolas, y la colectivización de la agricultura) a la supervivencia de sus conciudadanos. A diferencia de lo que sucediera con la hambruna de 1921, los bolcheviques negaron la realidad, mintieron cuanto pudieron y agravaron fatalmente la suerte de los campesinos ucranianos.

En un mundo sin redes sociales, pero con poderosos medios de comunicación, Stalin y su alegre compaña fueron capaces de articular un engaño masivo para el que contaron con la colaboración entusiasta de algunos compañeros de viaje. No faltaron invitados de honor que, como el ex primer ministro francés Édouard Herriot, o el escritor George Bernard Shaw, complacientemente miraron hacia otro lado y se abstuvieron de formular preguntas incómodas. Pero, con ser importante su aportación a la trama, palidece frente a la labor desempeñada por el hombre al que evocamos aquí, Walter Duranty, corresponsal en Moscú del New York Times entre 1922 y 1936 y auténtico hagiógrafo de Iosif Stalin. Duranty, que se había limitado a poner sordina a los ecos de la catástrofe, dio un paso decisivo cuando el galés Gareth Jones comunicó al mundo aquello que había tenido ocasión de presenciar personalmente al internarse por los caminos de las tierras negras ucranianas: hambre, muerte, canibalismo, el horror. Duranty tomó la pluma y, desde la superioridad moral que seguramente le proporcionaba haber sido galardonado con el premio Pulitzer de 1932, en compensación por su narración de los grandes éxitos sedicentemente alcanzados por la Unión Soviética en el primer plan quinquenal, precisó: “los rusos están hambrientos, pero no se mueren de hambre”. De los ucranianos nada dijo.

Gareth Jones fue ninguneado y murió apenas unos años después mientras realizaba un reportaje en Manchuria, territorio en el que se inició la Segunda Guerra Mundial. Duranty gozó de fama y reconocimiento, fue recibido con cordialidad y admiración en la Casa Blanca y nunca dejó de disfrutar de la buena vida. Amén de que Walter Duranty pueda merecer un lugar de honor en la “Historia universal de la infamia” del maestro Borges, convendría considerar la oportunidad de crear un premio con su nombre para galardonar a los periodistas más obsecuentes con el poder. No miento cuando pronostico que de ellos será el reino de la posverdad.