“No hay buenos amigos ni malos amigos, solo personas con las que uno quiere estar, necesita estar…Gente que ha construido su casa en nuestro corazón” (Stephen King)

Denominamos conectividad a la capacidad de establecer una conexión, una comunicación, un vínculo.

El término conectividad, utilizado en el sector tecnológico y concretamente en las telecomunicaciones, refiere a la capacidad de determinados dispositivos para poder comunicarse unos con otros.

Pero no es, ni a los trepidantes avances tecnológicos acaecidos, ni la necesidad de conectividad entre las empresas, tan necesaria en un mundo cada vez más globalizado a lo que voy a referirme, aunque también de forma indirecta. No olvidemos que detrás de las máquinas están las personas. Son estas, y a su necesidad de comunicación interior y exterior, las que son objetos de mis siguientes reflexiones.

Conectividad es la facultad que permite a las personas conocer, experimentar y vivir realidades diferentes, establecer relaciones consigo mismo y con los demás. Un activo necesario para preservar la seguridad de la salud mental de las personas y la virtud mediante la cual se alcanza la excelencia del buen hacer.

La conectividad reúne las más variadas formas de comunicación, pero la calidad de su conexión dependerá de la elección del protocolo adecuado, de aquel que nos permita entendernos, utilizando un lenguaje adecuado, exento de interferencias.

Conectar no es un deseo privativo solo de algunas personas. Es una ambición fortalecida por la necesidad de relación que todos tenemos. Sintonizar con las percepciones del otro desde una libertad compartida es lo que da integridad, compromiso y confianza a la interconexión humana.

Conectar supone alcanzar el lado más emocional de las personas. Desarrollar la intuición, los presentimientos y la clarividencia a la hora de hacer y ofrecer es lo que ayuda a detectar lo más conveniente en cada situación.

La mejor forma de prevenir averías emocionales es invertir en una buena socialización. Mi recomendación para ello pasa por ser generoso a la hora de compartir a las personas buenas, válidas y competentes que tienes la suerte de conocer y reconocer cada día. Ser conector de valores, ideas y ambiciones, sin olvidar ser refugio de confidencias e intimidades, es lo que hace que esta virtud crezca y se acreciente cada día.

Conectividad y generosidad son dos términos que caminan juntos de la mano. La dadivosidad para crear sentimientos positivos es lo que determina el acercamiento desinteresado y significativo de otras personas, lejos de un interés social o profesional. Gracias a la conectividad, a la influencia que ejerce en nosotros, somos capaces de retuitear, compartir, de forma altruista concepciones, ideas, reflexiones y personas. Observar y comprender cómo modifica, transforma y remodela la realidad en que vivimos la presencia de otro u otros, es lo que determina y dispone nuestra voluntad a priorizar en lo verdaderamente importante, a crear una conexión entre dos mundos, propia y ajena, libre de impacto emocional negativo y destructivo.

En mi trayectoria profesional, he conocido el perjuicio que la falta de conectividad, por la desconfianza o temor a compartir ha causado en algunos pacientes, conocidos o amigos. Personas con un pensamiento negativo donde compartir es sinónimo de pérdida, donde el miedo les bloquea, anula y empequeñece.

Debería ser una máxima para todas las personas hacer de la conectividad un punto de encuentro entre miradas. Vivir bajo su amparo es lo que obra efectos mágicos sobre el otro. ¡Quedarse en el Yo superficial de las personas y no profundizar es sinónimo de pobreza no solo para el exterior, también en el interior!

“El hombre sabio querrá estar siempre con quien sea mejor que él” (Platón)