A principio de los años 60 el SEU (Sindicato Español Universitario) organizó una campaña para impulsar la cultura en los municipios rurales que carecían de cualquier iniciativa de ese tipo, salvo algunas sesiones de cine que compañías ambulantes proyectaban sobre muros blanqueados al aire libre, en verano, claro.
La iniciativa era representar obras de teatro en colegios, principalmente, utilizando un aula grande y con la colaboración municipal para el montaje. Y naturalmente se trataba de obras cortas, entremeses convenientemente censurados por todo el mundo, incluido el Ayuntamiento, el cura y previamente el SEU. De aquellos montajes hay uno que recuerdo perfectamente, en el que el escenario se había montado utilizando las mesas de los alumnos sin fijar y en el que cualquier movimiento era un milagro de equilibrio. Nunca lo he pasado tan mal en una representación.
Naturalmente nadie nos explicó nunca que existían antecedentes de aquella idea, que uno se llamaba La Barraca, y que estaba ligada a Federico García Lorca, del que solo se conocía popularmente algo del “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías” y algún romance gitano. Aquellos en los que no aparece la Guardia Civil. Poco más, y mucho menos su estancia en Nueva York o su relación con la élite de la poesía de los años treinta o con Salvador Dalí.
Este año 2018 henos recordado a García Lorca en el 120 aniversario de su nacimiento con recitales en muchos puntos de España y con reediciones de su obra. Y nos hemos dado cuenta de su importancia a nivel mundial y de su tremenda magnitud. No solo de la poesía sino también del teatro, aunque este es, naturalmente, más recordado y como es lógico, sigue representándose. Y el año que comienza, 2019, conmemorará Madrid su pertenencia a la Institución Libre de Enseñanza y su relación con los grandes intelectuales de la época.
El grupo teatral al que pertenezco, Aedos, ha hecho este año dos recitales poético-musicales, uno en la Biblioteca de Galapagar y otro en Teatro Las Cigüeñas en Hoyo de Manzanares. Los dos con bastante éxito de público y que han significado un resumen bastante amplio de la obra poética de García Lorca. Hemos utilizado como presentación un poema muy poco conocido de Rafael de León, “Requiem por Federico”, autor que nos suena siempre como perteneciente al trío “Quintero, León y Quiroga” autores de las letras de canciones de gran éxito en la segunda mitad del siglo pasado. Otro escritor del que hemos olvidado la importancia de su poesía, al margen de las letras de los cuplés.
El trabajo más complicado que hemos tenido que afrontar para los recitales ha sido la selección de las poesías, porque la obra de García Lorca es mucho más amplia de lo que cualquiera puede pensar. Y mucho más variada. Dejando aparte su teatro, representado hoy día con muy pocas necesidades de adaptación, porque nuestra vida no ha variado tanto salvo en las grandes ciudades. Y tal vez en estas sigue siendo perfectamente válida una gran parte del “Poeta en Nueva York.”
Si les gusta la poesía, lean a García Lorca. Su obra completa está a su disposición en cualquiera de nuestras Bibliotecas municipales y como es lógico en los libros electrónicos. Pero léanla despacio, y desde luego no toda seguida, de un tirón, como decimos coloquialmente. Y si tienen la posibilidad de que haya un Recital próximo, no desaprovechen la ocasión. Oír el “Llanto por la muerte Sánchez Mejías” sigue encogiendo el corazón. Cualquiera de sus cuatro partes. Me despido de Uds. con el últimos verso de “Cuerpo presente”:
“Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!”

