Luis Pomed Sánchez

Tareas para el 30 de noviembreCuando el próximo día 30 Augusto Monterroso, vecino de Motilla del Palancar, despierte y haga balance, varios dinosaurios seguirán poblando nuestro solar patrio y no podemos descartar que tengan la fuerza suficiente como para que el bueno de Augusto prefiera cerrar los ojos y volver a caer en los brazos de Morfeo. Si reúne fuerzas y abre la ventana para dirigir su mirada al horizonte, entre otros retos hallará los siguientes.

  1. Recordar que la nuestra es una democracia parlamentaria y no presidencialista. Los españoles no elegimos directamente a un presidente del Gobierno a quien investimos con unos poderes exclusivos; confiamos las tareas de gobierno a unos representantes que están obligados a rendir cuentas periódicas. Las relaciones entre Gobierno y Cortes Generales se estructuran a partir del establecimiento y confirmación de una confianza recíproca, que encuentra una primera expresión en el debate de investidura y que solo se perfecciona con la aprobación de los presupuestos. Deberemos recordar que la presentación, debate, enmienda y aprobación de los presupuestos en un momento central de la vida política democrática que no puede ser sustituido por el expediente de una prórroga automática y sine die. Los presupuestos traducen en cifras reales, en obligaciones exigibles, los compromisos asumidos en el programa político que ha obtenido la confianza del Congreso de los Diputados. Al propio tiempo, los presupuestos permiten que el Senado ejerza su función constitucional. Sin presupuestos no hay compromisos políticos verificables y se hurta a las cámaras parlamentarias del desempeño de sus tareas privativas.

La función legislativa debe residir en el Parlamento. Así lo quiso la Constitución de 1978 y así es razonable que sea en un régimen que se denomina “monarquía parlamentaria”. No es de recibo el traslado de la potestad legislativa al Gobierno cercenando la reserva de procedimiento abierto y deliberativo que implica la reserva de ley. La nuestra no puede ser una democracia durmiente, que tras prestar el consentimiento de la investidura descanse hasta que no la ponga en marcha quien debe sujetarse al control del debate y el contraste de pareceres.

  1. Recuperar el valor de la verdad, no como realidad dada e inconcusa, sino como aspiración colectiva a cuyo descubrimiento se dirigen los esfuerzos de tantos investigadores y estudiosos. Las palabras no tienen eficacia taumatúrgica, no crean mundos desde la nada ni convierten en realidad nuestros deseos por el solo hecho de invocarlos. Aceptadas estas premisas que creo insoslayables, debemos recordar que el lenguaje sirve para comunicarnos y tratar de entendernos, no para levantar muros o proceder a una suerte de taxonomía ideológica de nuestros semejantes. Queda todavía un muro en Europa: la línea verde de Chipre, que no sirva de modelo sino de objetivo a abatir. Y que las clasificaciones y adscripciones ideológicas dejen paso al reconocimiento de que los seres humanos racionales pueden variar de opinión y que las elecciones pueden ser, también, ocasión para la rendición de cuentas y el descargo de responsabilidades de quienes hicieron con nuestro voto algo distinto de lo que nos prometieron. Cuanto más libres sean los electores, menos impunes se sentirán los gobernantes.
  2. Recordar que la democracia no se asienta sobre el sentimentalismo sino sobre la fría razón. El sentimiento, la pasión, no admiten reflexión y juicio crítico, como tampoco es fácil echar al olvido los odios cultivados. Justamente lo contrario de lo que reclama la democracia, fundada en la falibilidad humana: somos conscientes de nuestra capacidad de errar y por eso mismo debemos revisar constantemente nuestras decisiones. Nada peor que movernos en la vida pública atados a nuestras convicciones e inmunes a toda capacidad crítica.

La deliberación prácticamente ha desaparecido de nuestras instituciones, sustituida por el voto desnudo, porque no reconocemos al prójimo la facultad de poner en cuestión nuestras creencias. No es solo que la deliberación permita alumbrar mejores razones, sino también que al escuchar las opiniones ajenas ponemos en cuestión nuestras seguridades y nos obligamos a someterlas a un sano escrutinio propio de la razón democrática.

Augusto descubrirá que la tarea es inmensa y que el consenso constituyente reclama más voces que la tarea destituyente. Nada más fácil que destruir y más imperioso que reconstruir.