¡Dicen que no hay casualidades, sino causalidades…!
¡Dicen que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita!
Y no fue casualidad que yo tuviese que conocer a una persona especial para hablar de estos refranes tan populares.
Cautivadora por su autenticidad en la forma de ser y su humildad en la forma de hacer, por su sencillez en la forma de vivir, por mostrarse y comportarse tal como es, sin máscaras, sin renunciar a quien es con la intención de agradar. Sin el deseo de destacar por encima de los demás por la carencia de un ego desmedido, sin la necesidad de sobresalir por la tenencia de lo que en psicología se considera que es una autoestima sana y equilibrada, valoración realista y objetiva de sí mismo.
Fascinante por el conocimiento innato de saber vivir en la tierra de manera feliz. Satisfecho con sus vivencias y carencias, valorando lo ordinario sin tener que esperar a que ocurra lo extraordinario. Disfrutando de las pequeñas cosas, momentos sencillos del día a día sin depender de lo material para ser dichoso, sin necesidad de validación externa por solidarizarse con su identidad, acciones y decisiones.
Una persona capaz de conectar, llamar la atención por su sonrisa y mirada limpia, por su inocencia y bondad. Por su amabilidad y cariño en la forma de hablar y escuchar, por su buena disposición en el trato hacia los demás. Por su compromiso en respetar de forma igualitaria, acoger, integrar y dar la bienvenida con hospitalidad y cercanía a todos los que acudimos a visitar y disfrutar de un lugar muy especial, San Sebastián de Garabandal.
El pueblo donde conocí a Ramonín, el pastor de ovejas protagonista de este escrito. La persona menuda con la que tanto gusta estar por su gran corazón. Por irradiar luz, esperanza y alegría a pesar de los sinsabores de la vida, momentos de amargura y dificultad de un pasado conflictivo, sentenciado por la enfermedad y precariedad de vida, el dolor y sufrimiento de las secuelas físicas y psíquicas en su historia personal.
El que nos lleva a pensar en la célebre frase de Mario Benedetti “¡Nunca pensé que en la felicidad hubiese tristeza!”.
Sí, queridos lectores, Ramonín es toda una lección de vida. Su actitud y comportamientos aportan enseñanzas, aprendizaje de lo que todos necesitamos para salir fortalecidos en la adversidad, templanza y resiliencia para afrontar momentos difíciles y aprender de ellos.
Es el ejemplo en el que todos debemos inspirarnos para llenar nuestro mundo interior de agradecimientos, humildad y generosidad. En el que debemos fundamentarnos para interiorizar en nuestra forma de pensar y sentir que la verdadera riqueza no está en los logros materiales sino en los espirituales, en prepararnos, formarnos y educarnos en esta vida para disfrutar de otra mejor en la presencia de aquel que nos espera y se llama Dios.
Con su “humilde forma de ser, estar y ofrecer”, Ramonín nos enseña algo valioso e importante: lo que representa para la autoestima aceptar la procedencia, sentirse orgulloso y no avergonzado del ambiente en el que uno nace, crece y se desarrolla. Como también les sucedió a las cuatro niñas a las que la Santísima Virgen eligió instrumentos para hablar al mundo.
Las que fueron protagonistas de hechos inexplicables para la ciencia, la lógica y la mística. Las que pusieron en valor esta pequeña aldea del norte llamado San Sebastián de Garabandal. Un lugar significativo y entrañable del que ya muchos me habéis oído hablar por las gracias recibidas, por transformar la vida de las personas para mejor.
El lugar al que me desplacé recientemente para asistir a un encuentro internacional sobre estas “apariciones marianas”. El lugar que frecuento con asiduidad y que os invito a conocer por ser responsable de mi conversión, fuente de inspiración para reanudar, restablecer la fe que en mí se había interrumpido por las desmedidas ganas de ser y hacer, por no encontrar respuesta a situaciones dolorosas e injustas.

