Bendita vacunaLUIS POMED

En 1772 el reverendo Edward Massey editó un sermón que había tenido a bien titular “La peligrosa y pecaminosa práctica de la inoculación” y que constituye uno de los primeros logros filosóficos y científicos del movimiento contra las vacunas. En este texto, su autor afirmaba sin rubor alguno que “las enfermedades son enviadas por la Providencia para el castigo de nuestros pecados” y no dudaba en calificar de “operación diabólica” todo intento por prevenirlas. No existe evidencia alguna de que el predicador anglicano visitara las costas murcianas y Massey se convirtiera en Mendoza, fundador de una estirpe de rectores magníficos. Lo que sin duda podemos concluir, sin temor a errar, es que fijó el nivel intelectual y humanístico del que han hecho gala tradicionalmente algunos de los más preclaros opositores a la vacunación humana.

Si limitamos nuestra atención a las enfermedades víricas, convendrá recordar que el único medio para control efectivo son, justamente, las vacunas pues los demás tratamientos son solo sintomáticos o intentan paliar sus efectos secundarios. Hablo de control de las enfermedades porque, quizás con la única excepción de los notables avances logrados en la lucha con el VIH, los antivirales están muy poco desarrollados y únicamente podemos aspirar a contener este tipo de enfermedades infecciosas. Precisamente por eso, cuando se baja la guardia o el porcentaje de población vacunada desciende del umbral de seguridad del 95 por ciento, aparecen rebrotes de enfermedades, como el sarampión, que creíamos erradicadas.

Las vacunas en particular, han convertido en negro recuerdo lo que antes era triste realidad cotidiana: la mortandad infantil. No han sido los antibióticos, efectivos para las enfermedades infecciosas de origen bacteriano, ni tan siquiera los avances en la cirugía o la pediatría, los que han logrado que muchos de quienes ahora poblamos la tierra estemos vivos, sino las tan denostadas vacunas. Muy posiblemente los escasos lectores de estas líneas y la práctica totalidad de opositores a las vacunas han observado escrupulosamente, para ellos y sus hijos, el calendario de vacunación infantil, evitando así los inconvenientes que, quiérase o no, provoca siempre el tétanos, la difteria, la poliomielitis o los distintos tipos de hepatitis, por citar solo algunos ejemplos conocidos.

En España la vacunación no es obligatoria por la sencilla razón de que la inmensa mayoría de la población actúa con madurez y responsabilidad ante los riesgos para la salud pública. La administración obligatoria de vacunas solo ha sido acordada en algunos países para hacer frente crecimientos esporádicos de los movimientos contrarios a las vacunas que ponían en serio peligro la salud humana. Por el contrario, en nuestro país apenas contamos con algunos episodios en los que los jueces han reconocido el derecho de escuelas infantiles a rechazar solicitudes de matrículas de niños no vacunados en aras de la salvaguarda de la salud de los demás alumnos.

Propiamente, deberíamos hablar de vacunación universal, que no obligatoria, pues en términos técnicos no estamos ante una obligación sino ante una carga. Si se trata de una obligación debe existir siempre una autoridad que ordene su cumplimiento de manera coactiva incluso contra la voluntad del moroso. Al tratarse de una carga, la no inoculación de determinadas vacunas puede conllevar la pérdida de ventajas pero nunca su administración coactiva. Así sucede, sin ir más lejos (o quizás sí), en el ámbito de la sanidad exterior: los viajes a determinados países solo pueden realizarse previa administración de vacunas que previenen contra enfermedades aquí erradicadas o desconocidas pero habituales en el país de destino del viajero. No se trata en tales casos, obvio es recordarlo, de evitar la exportación del paludismo desde la árida tierra monegrina a las selvas de Asia, sino de impedir que el explorador regrese convertido en paciente 0 de una pandemia.

¿Qué sucede con la vacuna contra la Covid-19? Nada diferente de cuanto viene sucediendo con otros tipos de vacunas. Según se nos anuncia, aparece por fin una solución paliativa idónea para una enfermedad letal. Su administración se nos anuncia universal, pero no obligatoria, de modo que no sufre el derecho al consentimiento informado. Ahora bien, este mismo derecho y la libertad personal deben ponderarse en no pocos casos con los derechos de terceros. Parece prudente que quienes atienden o conviven con colectivos vulnerables, y a estas alturas todos sabemos cuáles son, dejen de hacerlo si optan por no administrarse la vacuna. El derecho a rechazar un tratamiento médico se limita a la disponibilidad de la propia salud, no de la salud de terceros, transformándose en un propagador de una enfermedad letal.