El mes dedicado a conmemorar de forma mundial el rol de la madre, honrar el papel e influencia de la figura materna en la configuración familiar y desarrollo de la personalidad de los hijos.
En la tradición católica, el mes reservado a la Devoción a la Virgen María, a festejar la fortuna de tener un doble amor, una madre terrenal y una madre del cielo.
El mes de expresar gratitud, reconocimiento y aprecio a las personas que aportan valor, positividad a nuestra vida. A las que desde el cielo y la tierra nos guían, enseñan y fortalecen para obrar en rectitud de conciencia, con ética y moral. A las que en nuestro mundo interior hacemos protagonistas de merecidos reconocimientos y grandes celebraciones no solo por su entrega y dedicación, también por sus sacrificios, renuncias personales en el constante esfuerzo de nuestra educación, expresión del sentimiento que implica amar y aceptar a otra persona sin condiciones, altruista y desinteresadamente.
Mujeres a las que en este escrito pongo en valor por lo que nos hace sentir, vivir y experimentar gracias a dar vida al sentimiento que es la razón de nuestro existir, el AMOR en mayúscula. El que perdura incondicionalmente porque nos ampara, cobija y da fortaleza en el dolor, la frustración, el desconsuelo o la desesperanza.
El sentimiento que nos lleva a perseverar en la “excelencia del ser”, alcanzar el máximo potencial propio cumpliendo una doble exigencia, “ser consciente y tener conciencia”.
Los recursos a los que la persona debe acudir para ganar la realización personal, estado de plena satisfacción por mantener el “ser y hacer” en un aprendizaje constante. Suministrando la información necesaria para procesar su identidad y entorno, la realidad en la que viven de forma objetiva e inteligente, superando las limitaciones de las percepciones subjetivas, evitando que estas nos confundan a la hora de aceptar o rechazar la realidad existente, ya que “la consciencia faculta para percibir y la conciencia para actuar”.
Es un hecho comprobado y demostrado la interdependencia que existe entre estos dos términos. Cómo uno y otro se entrelazan a favor del progreso y la evolución, explico por qué.
La consciencia permite relacionarnos con la realidad existente. Recopilar información sobre lo que ocurre en el exterior y en nuestro interior para más tarde razonar lo que es aconsejable hacer mediante esa voz interior llamado conciencia. La voz que nos habla, dialoga, incluso discute con nosotros sobre lo que es aceptable, bueno y justo de realizar en cuanto a decisiones, comportamientos e intenciones. La que, bajo la premisa de aportar valor, concede valores éticos y morales para mantenernos en el camino de la aceptación, ser mejor persona en todos los ámbitos por armonizar la racionalidad de la mente con los sentimientos del corazón.
Sí queridos lectores, la conciencia tiene como misión estar siempre ahí, acompañándonos, protegiéndonos, dándonos información y conocimiento sobre las conductas, actitudes que nos hacen vivir más libre y responsablemente. Es el termostato de nuestro estado interno. Mediante ella nos hacemos jueces de nuestros propios actos, identificamos, comprendemos y gestionamos nuestros estados anímicos. Reorganizamos recursos, habilidades y fortalezas para vivir la vida con más maestría. Con flexibilidad psicológica, dando respuesta a situaciones difíciles o complicadas de forma equilibrada y adaptativa, cambiando perspectivas mediante el uso y práctica de los valores que nunca fallan: honestidad, prudencia, respeto y solidaridad.
Valores esenciales para mantener un orden mental saludable. Un orden que permita reestructurar pensamientos, metas y objetivos, adaptar planes a nuevas realidades para vivir de forma tranquila, sin remordimientos en cuanto al sentido del deber y con la precaución de estar alerta a todo lo que puede poner en peligro la autoestima y el autoconcepto: pasiones y ambiciones desproporcionadas o propósitos y empeños desmedidos.
Valores en definitiva en la que ELLAS tienen mucho que ver.

