Luis Pomed Sánchez

Los hipopótamos de Pablo EscobarCorría el año 1978 y mientras por estos pagos andábamos ocupados con la elaboración de una nueva constitución, en la hermosa Colombia, Pablo Escobar y su primo Gustavo Gaviria se afanaban por envilecer hasta el extremo su tierra natal antioqueña. Para hacer realidad este propósito no se limitaron únicamente al asesinato y el narcotráfico, actividades principales de su razón social, sino que tuvieron la idea de crear un lugar de recreo y esparcimiento: la Hacienda Nápoles, una propiedad de aproximadamente 3000 hectáreas de extensión, conformada apurando siempre el uso de medios estrictamente ilegales, como el chantaje, la estafa o la extorsión.

Es nota distintiva de los grandes jefes del crimen organizado la ausencia de todo atisbo de buen gusto y distinción. Antes, al contrario, se caracterizan por su natural hortera y chabacano. En justo tributo a su ordinariez, nuestros primos construyeron en el interior de la Hacienda una plaza de toros, seis piscinas, una treintena de lagos artificiales, la consabida pista de aterrizaje y su helipuerto anejo. El espíritu animalista de los narcos se reflejó en la incorporación de diversas especies de la fauna local, cual era el caso de los canguros, elefantes, camellos, cebras, jirafas e impalas. Faltaba, sin embargo, la joya de la corona, un animal que diera al lugar su glamur argentado. Faltaban los hipopótamos.

Presas del horror vacui, los capos importaron cuatro hipopótamos —si bien me cuenta mi amigo Daniel Orobio que fueron cinco los ejemplares que iniciaron el viaje; uno de ellos no lo finalizó, pero Pablo Escobar, sentimental hasta el plomo, decidió conservar su cabeza chapada en oro— desde tierras africanas, sin que nadie en la administración aeroportuaria colombiana lo advirtiera. No es reprochable: es difícil advertir la presencia de un grupo de hipopótamos y si reparamos en ellos, son tan adorables y cariñosos que corremos el riesgo de quedarnos contemplándolos con arrobo.

La muerte de Pablo Escobar en el curso de un enfrentamiento con la policía, gajes del oficio, dejó huérfanos a los cuatro hipopótamos. Siendo estos un macho y tres hembras y al no haber quedado al cuidado de nadie, pues no existía disposición testamentaria en tal sentido, se dieron a la llamada de la naturaleza y a crecer y dominar la tierra… colombiana. Los cuatro hipopótamos fundadores tuvieron hipopotamitos y estos, a su vez, engendraron una nueva generación, hasta el punto de que, en la actualidad, existen casi doscientos hipopótamos paisas.

Han colonizado el Magdalena medio, un río con caudal y entidad suficiente para ser afluente del Manzanares, y amenazan con hacerse presentes en el carnaval de Barranquilla. No encuentran depredadores naturales a su paso y su “huella ecológica”, particularmente la que dejan sus excrementos, altamente contaminantes, no es precisamente despreciable. No sería impensable que se expandieran por las tierras amazónicas, visitaran el Orinoco y, siempre fieles a su vocación fluvial, pretendieran asistir a un partido de fútbol en el Monumental de River. Lograría así Pablo Escobar su gran sueño: destruir el continente que le vio nacer; no con la hoja de coca procesada sino con el caballo… de río.

Pero no contaba el narcotraficante con la diligencia de las autoridades colombianas, que en apenas unas décadas se han puesto manos a la obra y han dado con la solución al problema: practicarán la eutanasia a los hipopótamos. Al menos, a una parte de ellos, o a una parte de los que logren localizar. Lo fundamental no es la muerte de estos animales sino revestirla con palabras que suenen bien al fino oído del espectador actual: no se hable de sacrificio, menos aún de caza. ¡Cuánto mejor hablar de eutanasia! Aunque queda por averiguar si estos mamíferos efectivamente ejercen su derecho a la determinación respecto de la propia muerte en un contexto eutanásico. Lo importante, ya se ha dicho, no es que no sufran, como tampoco lo es preservar los ecosistemas y especies autóctonas, sino que los eruditos a la violeta contemporánea no padezcan enfrentándose con la dura realidad de las cosas.