En 1837 el escritor danés Hans Christian Andersen dio a la imprenta su relato “El traje nuevo del emperador”. Este texto está directamente inspirado en el cuento “Lo que sucedió a un rey con los burladores que hicieron el paño”, que figura en la obra “El conde Lucanor”, escrita a comienzos del siglo XIV por don Juan Manuel, príncipe de Villena. Ambos autores defienden la libre y honesta búsqueda de la verdad, la diga Agamenón o su porquero, que apostillaría el maestro Juan de Mairena, y nos previenen no tanto contra un régimen de opinión sino de puro y duro papanatismo.
En las últimas décadas se han sucedido nuevos avisos frente a embaucadores. En 1996, el físico estadounidense Alan Sokal logró que la revista “Social Text”, mascarón de proa de los llamados “estudios culturales” publicara su artículo “Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravitación cuántica”. En parodia, atinadamente descrita como “florilegio de fórmulas pseudocientíficas”, Sokal sostenía la tesis de que la gravedad era un constructo social; es decir, que solo existe porque creemos en ella. No contento con el “escándalo Sokal”, al año siguiente publicaría junto con su colega Jean Bricmont el libro “Imposturas intelectuales”, donde pusieron en el foco esa inmensa amalgama de escritos plagados de términos científicos incorrectamente utilizados con los que se crea un trampantojo intelectual que permite engañar al lector y hacer pasar por buena la mercancía averiada. Más recientemente, la revista “Cogent Social Sciences” publicó “El pene conceptual como una construcción social”. Según lo describen sus propios autores, Peter Boghossian y James Lindsay, el trabajo es un texto de “tres mil palabras de tonterías disfrazadas de trabajo académico y que, posteriormente, una revista académica del ámbito de las ciencias sociales con revisión por pares aceptó y publicó”.
La última voz que se ha alzado para advertir de que el rey está desnudo ha sido la del profesor Daniel Arias Aranda, quien ha confesado a los cuatro vientos la estafa piramidal en la que estamos inmersos (“Querido alumno universitario de grado: te estamos engañando”). Por supuesto, las réplicas no se han hecho esperar y han menudeado colegas que han ponderado, quizás en exceso, su esfuerzo personal, ignorando que la carta no pretende destapar responsabilidades individuales sino alertar sobre carencias institucionales.
Si alguno de ustedes se viera tentado a sumarse a este grupo de Casandras, no echen en saco roto que, como le sucediera a la sacerdotisa griega, quizás estén dotados del don de la profecía, pero padecerán la maldición de la incomprensión. El cuento de Andersen no finaliza con la toma de conciencia de la realidad y la deposición del rey mentecato. Antes bien, el desfile continúa, con mayor pompa y boato si cabe. Podemos incluso imaginar que el niño que alerta sobre la desnudez regia acaba sus días en un hospital psiquiátrico. Los escritos de Sokal no han servido para detener el imparable avance de las hordas de hunos intelectuales ávidos de satisfacer su irrefrenable afán por ignorar, en más de un sentido, cuanto les rodea. Eso sí, su verborrea está transida de citas de autores incomprensibles; quizás, porque no haya nada en ellos que comprender. Ni tan siquiera el tanguista Enrique Santos Discépolo ha conocido mejor suerte y es casi seguro que su “Cambalache” sirve más de arrullo que de advertencia.
En fin, pertréchense ustedes del mejor humor posible. La zafiedad de las réplicas de las señoritas Rotenmeier de turno no tendrá parangón posible. Les contestarán desde una atalaya inalcanzable, la que proporciona la ausencia de todo canon de validación. Puesto que todo es un constructo social y nada existe en una realidad externa, no hay criterio de falsación de nuestras afirmaciones. Podemos hacer y deshacer a nuestro antojo hasta lograr “el triunfo de la voluntad”; título, por cierto, de la película de propaganda nacionalsocialista que dirigiera en 1934 Leni Riefenstahl. ¿Casualidad? Seguramente, pues no hay forma de averiguar lo contrario y debemos creer a pies juntos aquello que los debeladores de la ciencia nos digan que es la verdad.


