la-transparenciaDRA. ELSA MARTÍ BARCELÓ

La falta de transparencia está complicando el mundo en que vivimos. La práctica deliberada para que determinados hechos y conocimientos no salgan a la luz está generando desconfianza en los distintos entornos en los que se desarrolla una persona y en los grupos a los que pertenece.

Manifestar la verdad, mostrar las intenciones con franqueza, el propósito, la determinación de la voluntad hacia un fin a pesar de que perjudique es hoy valor en alza para la acreditación personal.

Un valor estimado por certificar capacidad de aceptación, adaptación y tolerancia a la realidad de la vida; por realzar el esfuerzo invertido en la lucha para conseguir el paradigma de los valores que guían hacía las buenas acciones, la autenticidad y la honradez.

Un valor necesario a difundir por el bien que origina no monopolizar, no obstaculizar el saber, y por posibilitar la elección, participación, evolución y progreso, bajo el conocimiento. La transparencia haría del mundo en que vivimos un lugar más confiable y saludable, libre de traiciones y manipulaciones.

Un valor insoslayable en el código ético de las personas, en la identidad familiar, nacional, política y religiosa, para obtener el fin deseado, comportamientos correctos y adecuados que seduzcan a los demás.

Un valor no solo individual, también colectivo. Un derecho y una obligación de asentar, de manera profunda e íntima, en la mente de las personas, con intención de conseguir la sana y buena convivencia. Un valor necesario de compartir, por ser el factor social que da pie a la empatía, a la relación de dependencia reciproca y equitativa, en el que las personas se beneficien, cooperen y se complementen.

Ser conscientes de su protagonismo es lo que favorece crear entornos seguros y estables, donde la confianza crece y se establece. La transparencia muestra a las personas más auténticas, íntegras y honestas. Coherentes por hacer lo que dicen, por expresar la verdad, sin perjudicar los intereses de los demás o anteponer las necesidades propias.

Un valor costoso de aplicar por llevar implícito alta dosis de exigencia, esfuerzo, rigurosidad, sacrificio y responsabilidad para no poner en entredicho el honor, la dignidad, la reputación o la confianza en la forma de ser o manera de obrar.

Así pues, a tenor de lo expuesto, queda claro la importancia que tiene aplicar la transparencia en cualquier ámbito de la vida.

En el ámbito personal, por ser el valor que nos muestra tal como somos, “libre de máscaras”, como bien decía mi querido y admirado amigo, eminente psiquiatra, el profesor, Dr. Vicente López-Ibor Camós. Por ser la cualidad que nos catapulta hacia los más alto ideales del ser humano, sin miedo actuar bajo la verdad. Asumiendo con plena conciencia el derecho de los demás a cuestionarnos, enjuiciarnos o criticarnos cuando somos presa del error o la equivocación o nuestro comportamiento no es el adecuado.

En el ámbito social y familiar, por ser lo que propicia y establece vínculos estables y duraderos, al mostrarnos más reales y terrenales, con nuestras fortalezas y debilidades. Por ser fuente de inspiración del sentimiento de cariño que invita a conocer las necesidades de unos y otros, y sin duda a fortalecer la lealtad y compromiso con el espíritu de familia y amistad.

En el ámbito laboral, por ser lo que trasmite confianza y seguridad al entorno; lo que hace fiel y constante a la persona en su profesión al conocer con claridad lo que esta exige. En el plano político, que voy a decir, salvo que es el valor que los ciudadanos desearíamos que algún día llegue y se enquiste.

Y en lo religioso, para aquellos creyentes como yo, es el valor que desearíamos ver en todos y cada uno de los prelados de la Iglesia, para acrecentar la Fe y hacer una religión más participativa.

Es desilusionante ver cómo a veces, en alguno de los ámbitos que hemos hablado, la falta de transparencia se invoca como necesaria y es utilizada para justificar lo que es prudente, conveniente o políticamente correcto hacer.