Luis Pomed Sánchez

Un continente enloquecidoDesde Ushuaia hasta la zona de los Grandes Lagos, un virus parece asolar al continente americano, entregado a un enloquecido movimiento pendular que provoca vértigo institucional y la proliferación de populistas irresponsables, autócratas ensoberbecidos, orates, en fin, ávidos de poder. Los sucesivos procesos electorales se han saldado con una creciente concentración del poder y una mengua de la ya de por sí famélica sociedad civil.

En cuanto a lo primero, baste echar un vistazo al desmantelamiento del poder judicial en México. Sencillamente, se ha hecho mangas y capirotes del principio de independencia judicial y, por ende, de su consideración como un auténtico contrapoder. En modo alguno puede hablarse de poder independiente cuando sus titulares dependen de la revalidación de la confianza de la mayoría de la población: no puede ser independiente quien ha de buscar el voto para continuar en el ejercicio de la magistratura. Por si esto fuera poco, la reforma —en rigor, supresión— del poder judicial ha venido acompañada de un reforzamiento de los poderes disciplinarios: controlar a quien no sepa marchar al paso alegre marcado cada amanecer desde el Palacio Nacional. Como han sugerido finos analistas de la realidad mexicana, el gigante meridional del Norte se ha mostrado históricamente reacio a la diversidad política y propenso a la concentración del poder. Durante décadas votaron por un partido, que, trasmutado ahora en movimiento, decide prescindir de los servidores que puedan ponerle trabas en esa sempiterna aspiración a transformar lo que acaso debiera cuidarse.

Con respecto a lo segundo, causa tristeza la oportunidad perdida, también por aquellos pagos, en el mundo universitario. Casas del saber convertidas en escuelas de oficios donde no se forman ciudadanos con capacidad crítica, sino técnicos que, haciendo realidad la pesadilla orwelliana, repiten sin dudar los eslóganes de turno sin reparar en su contenido. Pareciera que el doctor Francia, dictador perpetuo de la República del Paraguay, le hubiera ganado la partida a Augusto Roa Bastos, o que la feliz pareja que reina a las orillas, altamente contaminadas, del lago de Managua, hubiera silenciado definitivamente al leonés Rubén Darío, como ha logrado callar tantas bocas y comprar no pocas conciencias.

Los distintos procesos electorales que se han sucedido en los últimos años se han saldado con la constatación de que la fractura social no hace sino incrementarse, atendamos si no los casos recientes de Perú y Colombia, y con la evidente de una quiebra institucional, o apariencia de ella. En el caso peruano, parece que finalmente Keiko Fujimori va a lograr lo que tanto ambiciona y ha perseguido, pero hará bien en echar la vista atrás y preguntarse si sus compatriotas han elegido presidente o futuro recluso, condición que comparten los anteriores presidentes de la República. En el colombiano, está por ver que el nuevo presidente logre restañar las heridas abiertas por su locuaz antecesor, en especial porque en punto a facundia no le anda a la zaga y amenaza con dinamitar las débiles bases de una convivencia siempre en peligro.

Unos y otros procesos electorales nos ponen sobre la pista de un problema no resuelto: la salida del poder de unos gobernantes reacios a dejarse controlar. Son algo más que jarrones chinos y algo menos que las reinas madre. Son suegras rezongadoras, que no saben dejar vivir en libertad a la joven pareja y que, como el inefable Evo Morales en Bolivia, están siempre atentos al disparate y propensos a la violencia.

En fin, no olvidemos que los vientos preponderante en nuestras latitudes proceden del oeste y que los yerros son fácilmente exportables. El pasado 18 de junio, el presidente Donald Trump estampó su augusta firma en un memorando de entendimiento con Teherán y lo hizo en el Palacio de Versalles. Demostró así una temeridad manifiesta y un desprecio absoluto por la historia, pues a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido firmar la paz donde Alemania se convirtió en imperio y donde se sentaron las bases de la segunda guerra mundial. No olvide, querido lector, que donde sopla la tramontana vivía otro populista vivaracho, un pequeño Napoleón que tuvo la feliz idea de “exiliarse” a Waterloo. Quizás, todos aspiren a ser peronistas. Que Dios nos asista.