Islas SorlingasLuis Pomed

Aproximadamente un mes antes de que se decretase el excepcional estado de alarma en el que todavía nos hallamos inmersos al escribir estas líneas, el programa televisivo “El día después” emitió un reportaje que no debiera pasar desapercibido. El brillante reportaje llevaba por injusto título “La liga más pequeña del mundo”, por referencia a los equipos que la integran. En realidad, se trata de la liga más grande del mundo por lo mucho que el medio centenar de personas que la hacen posible nos enseñan.

Esa liga se disputa en las islas Sorlingas, archipiélago compuesto por algo más de un centenar de islas y situado al oeste de la costa del condado de Cornualles, de tan gratos recuerdos para todos nosotros. El campeonato lo disputan únicamente dos equipos, el Garrison Gunners y el Woolpack Wanderers, que se enfrentan entre noviembre y mayo en diecisiete épicos encuentros. La pasión futbolística insular tiene oportunidad de desatarse, además, en otros dos eventos que constituyen la admiración del orbe balompédico: el partido “internacional” que un combinado insular disputa cada año frente a un combinado de ornitólogos que acude en otoño a observar las aves que atraviesan el archipiélago en sus procesos migratorios, y la Copa Lyonnese, que enfrenta a ese mismo combinado con un equipo de Cornualles. El ganador obtiene el trofeo más pequeño del mundo en el que figura esta maravillosa inscripción: “No es de extrañar que se haya perdido”.

La grandeza sin igual de esta liga radica en la forma de integrar los equipos que la disputan. Al comienzo de temporada, los capitanes de ambos equipos se reúnen para hacer una lista con todos los jugadores e intentan repartirlos de forma equilibrada. No es solo que no exista un irracional amor por los colores, es que ni tan siquiera se trata de sacar beneficio en la selección de los futbolistas de cada equipo. Importa más que esos equipos tengan una composición equilibrada para que todos cuantos participan puedan divertirse y disfrutar del deporte. Ni que decir tiene que el hoy aguerrido delantero centro del Garrison Gunners puede haber sido, apenas unos meses antes, rocoso defensa central del Woolpark Wanderers, equipo al que quizás vuelva la próxima temporada para reencontrarse con sus actuales compañeros del Gunners que deben cambiar de camiseta y algunos veteranos del Wanderers que pronto dejarán de serlo porque “ficharán” por los cañoneros.

Este trasiego, este digno transfuguismo futbolístico impide que se creen lealtades inquebrantables y favorece que se vea siempre en el otro a un compañero. Quien cae en un lance del juego es la misma persona con la que se ha disputado un balón, con la que se trató de combinar una jugada de ataque con escasa fortuna. En definitiva, es un compañero en la actividad que a todos concita cada fin de semana, para la que todos aportan su pequeño granito de arena. No buscan más que divertirse practicando un deporte que les une, antes de apurar unas pintas que les hermanan.

Una liga como de las islas Sorlingas nos invita a tomar conciencia de nuestro carácter eminentemente contingente, pero también de que hay algo que debería unirnos. Gunners y Wanderers nos enseñan que nada se consigue sin cooperación, sin el respeto que supone considerar al otro un igual que hoy está frente a nosotros pero mañana quizás esté a nuestro lado.

Pienso por un momento que las listas electorales se elaborasen por personas tan sabias como el vendedor de Fish & Chips que capitanea los Gunners. Imagino por un momento que quien se sienta a la mesa del consejo de ministros lo haga teniendo muy presente que mañana será otro quien ocupe su puesto, la misma persona que hoy debe fiscalizar su labor. Envidio ese transfuguismo empático que con tanta naturalidad practican los lugareños del extremo occidental del Canal de la Mancha. Pienso que posiblemente la brisa del Atlántico explique esa forma de actuar y confieso que la añoro. La añoro porque me doy cuenta de que quienes actúan así no pueden ser arrogantes ni prepotentes, no pueden creerse “de mejor familia” que sus propios hermanos. Me gustaría disfrutar de una pequeña liga en un país donde no proliferaran las bravuconadas y donde el menosprecio al discrepante fuera visto como una tara moral necesitada de terapia. Estoy convencido de que en las islas Sorlingas no tienen una palabra para el sectarismo y que sus habitantes reaccionarían con preocupación sincera ante un futbolista que les dijera que viene de otra galaxia deportiva.