Mi intención este mes es haceros llegar una felicitación muy especial. Especial por ser diciembre, el mes de la Navidad. Esa época del año extraordinaria y singular, excepcional por conmemorar el nacimiento de Jesús, aquel que nace y muere por nosotros.
Días mágicos de ilusión y celebración para los más pequeños y que para los mayores, en algunos casos, por la soledad, incomprensión, ausencia o falta de cariño son vividos de forma muy diferente. Con intranquilidad e inquietud, con poca ilusión, por determinar, alterar su forma de pensar, sentir y actuar.
Días complicados de vivir por entremezclar variadas sensaciones, atracción por lo que se rechaza y enfada; por entrelazar emociones contradictorias, sentimientos encontrados, estados emocionales difíciles de entender por ser mezcla de alegría, abatimiento y tristeza, amor, ilusión, y rencor.
Días difíciles de experimentar y sobrellevar por la añoranza a todo tiempo mejor, por la pesadumbre de lo que fue y debió haber sido, por la tristeza de la lejanía, por la pena que origina la privación de alguien o algo muy querido. En definitiva, por los deseos mundanos insatisfechos que emergen en la conciencia con intención de impregnar de amargura el presente.
Imaginar, comprender el esfuerzo que implica para estas personas enfrentar estas fechas es lo que hoy me lleva a compartir una oración magistral. Magistral por su perfección y sabia maestría, por enfatizar en lo verdaderamente importante, los valores y las virtudes que guían y dirigen para obtener una buena convivencia entre el cielo y tierra. Aquellos que nos enseñan a vivir en la paz y el amor, a celebrar la unión y complicidad familiar, a disfrutar del encuentro con la gracia de Dios, ese don sobrenatural que Dios nos concede, y que por hacernos herederos del cielo tan importante es.
Palabras sencillas, fáciles de entender, con intención de impregnar la forma de ser y hacer del verdadero espíritu de la Navidad, aquel que solo Él nos puede dar y que yo os hago cómplice compartiendo el mensaje recogido en esta maravillosa oración del Espíritu Santo.
“¡Oh, Espíritu Santo, amor del Padre, y del Hijo…! Inspírame siempre en lo que debo pensar…Lo que debo decir… Cómo debo decirlo…Lo que debo callar…Cómo debo actuar … Lo que debo hacer, para la gloria de Dios, bien de las almas y mi propia santificación…”
“Espíritu Santo dame …Agudeza para entender…Capacidad para retener…Método y facultad para aprender…Sutileza para interpretar … Gracia y eficacia para hablar…Dame acierto al empezar … Dirección al progresar y perfección al acabar…”
(Oración del Cardenal Verdier)
Leer esta oración me hizo entender la importancia de invocar ese AMOR EN MAYÚSCULA que todos podemos tener al carecer de exclusividad. Incondicional por su siempre presencia, por su disposición a manifestarse en momentos de desesperanza y desconsuelo, capaz de inspirar e infundir animo e intención para hacer las cosas que nos resultan difíciles, aquello que tenemos que hacer para vivir en un mundo más feliz sin rencor, angustias o envidias.
Un amor maestro y consejero para aquel que está abierto a sus enseñanzas. Un amor sabio por responder a lo que se necesita hacer para salvaguardar el espíritu de unión dentro y fuera de la Navidad, inteligente por fortalecer el entendimiento para comprender, ver con objetividad lo que sucede evitando así actitudes, comportamientos dolorosos, dañinos o egoístas. Un amor generoso por su disposición a regalar consuelo y fortaleza. Un amor sincero por testificar la verdad. Piadoso y misericordioso con intención de aliviar y consolar, infundir esperanza en momentos de temor o desaliento. Un amor poderoso por su capacidad de transformación, por su ímpetu para hacernos volver a la identidad cristiana de estas fiestas.
Abramos pues nuestro corazón al Espíritu Santo, escuchemos sus recomendaciones para celebrar por todo lo alto la noche en que Cristo nació, para unirnos a su mensaje de amor y esperanza, aunque las circunstancias muchas veces no sean las más idóneas ni las más favorables.
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