Mi conciencia médica me lleva a hablar de vanidad. La epidemia que de forma imperiosa y preocupante se acrecienta en el mundo actual con intención de imponer comportamientos dirigidos a cultivar el bien propio, y no el bien ajeno.
Una cultura de vida basada en un término de variado significado según distintas acepciones: El orgullo malentendido para las personas de a pie; la valoración excesiva de las habilidades y méritos propios para la Psicología; la pasión que nos habla de la forma en la que el sujeto se relaciona con los otros; la importancia del valor que le asigna y cómo ello le constituye como ser para la filosofía; la creencia excesiva en las capacidades propias, que para la teología cristiana clásica es el peor de los 7 pecados capitales, al depositar la confianza en todo aquello que se realiza en base al hombre sin necesidad de Dios.
Un rasgo de personalidad que afecta negativamente a la persona y a su entorno. Incómodo por significar un enamoramiento exagerado de sí mismo, mayor de lo normal en cuanto a la búsqueda de protagonismo y admiración. Un enamoramiento sin límites que cautiva, embelesa y dirige a tener conductas y actitudes egocéntricas fuera de lo normal, adictas a logros personales. Personas obsesionadas en sobresalir y destacar en la esfera social y laboral, provocadas por el sentimiento de placer intenso que enfrasca en su disfrute y hace olvidar todo lo que le sucede al que tiene al lado y acompaña.
Un problema de envergadura, amplitud y alcance, complicado de resolver por su raíz de fondo, cimentado sobre un equivocado alto concepto de sí mismo. La percepción poco realista de un Yo incapaz de reconocer quién es en realidad. Obnubilado por el afán desmesurado de atención y reconocimiento, obsesionado por la preocupación exagerada de lo que otros piensen, digan de él o por la necesidad de exhibir, sin mesura, los méritos propios, los logros conseguidos, con el fin de obtener la validación que necesita para que su figura sea referente, ejemplo de imitación, para otras personas.
Personas a las que su complicada personalidad define y delata. Personas incómodas por el deseo imperioso de ser siempre centro de atención, por el convencimiento de su superioridad al considerarse seres únicos, exclusivos y extraordinarios frente a los demás. Rechazadas por su convicción de tener siempre la razón, complicados en el trato por su falta de humildad frente al error o la equivocación, difíciles de sobrellevar por sus aires de grandeza para compensar la inseguridad, guiadas por un patrón comportamental de falta de moderación y templanza cuando consideran que sus pretensiones no son escuchadas. Personas molestas por su actitud altiva, intolerante a la crítica, proclive al enfado cuando siente que no le dan la razón en sus argumentos. Personalidades complejas gobernadas por un complejo de inferioridad, temor o vergüenza a que los que están a su lado descubran la normalidad de su ser y no la exclusividad. Personas no gratas por utilizar a los demás como instrumentos. Instrumentos para conseguir sus fines y objetivos, engrandecer sus acciones o dar gloria a su figura.
Por consiguiente y después de lo expuesto, concluimos que la vanidad no debe ser un valor predominante en el comportamiento de vida de las personas. No es lo más acertado ni aconsejable para establecer relaciones saludables; vínculos de relación profundos, estables y duraderos; vínculos de calidad, por sobrellevar implícitos sentimientos de inseguridad incómodos de sobrellevar para el ser humano. La vanidad propicia el sentimiento de dependencia y sometimiento a la opinión de un tercero; sentimiento de soledad por dispensar un trato ofensivo, por incitar al alejamiento al imponer el autoritarismo o falta de empatía para bucear en el mundo interior de los que están a su lado.
La educación o el entorno puede condicionar a ser vanidosos. Diagnosticar conductas y actuar de manera correctiva tan pronto como aparecen es lo que puede ayudar a minimizar la proliferación de tan indeseada epidemia.


