Ni la suerte ni las cosas suceden por <<casualidad>>, siempre existe una <<causalidad>>…
El libro de “Los últimos tiempos ya están aquí”, escrito por José María Zavala sobre las apariciones Marianas de Garabandal, no cayó en mis manos de forma accidental. Cuca, una buena amiga, me lo hizo llegar con la mejor de las intenciones: hacerme reflexionar sobre lo alentador que resulta hacer presente la figura de la Virgen María para encontrar el significado de nuestras experiencias de vida y dotar de ánimo a nuestra persona. Una figura relevante en el cuidado de la salud espiritual de los seres humanos. Una figura que habita entre nosotros con la misión de velar por nuestros intereses, a pesar de que en circunstancias adversas pensemos que nos abandona y nos deja solos. Una figura invisible y manifiesta, que cuanto más conoces más te atrae, más te llena y más necesitas de su presencia.
Conocer las andanzas terrenales de la Virgen siempre es reconfortante; afianza en los cristianos la creencia de que existe un mundo sobrenatural y divino que nos espera, alejado de lo material y mundano.
De pequeña me enseñaron la importancia de la fe en el amplio sentido de la palabra. Me adoctrinaron para tener fe en mí y en los demás, para tener confianza en lo que podía conseguir con mi esfuerzo y tenacidad, con la seguridad de tener a mi lado personas en quien confiar, y me instruyeron en lo necesario que es tener creencias religiosas para construir una vida ordenada y con sentido que me haga sentir plena y satisfecha.
Pero tuve que hacerme mayor para comprender que, aunque de pequeños nos educan en la fe, tener fe es una elección que surge de nosotros. Una postura existencial que crece y se afianza con el conocimiento y la oración. Porque tener fe, no solo es afirmar la existencia de Dios. Tener fe es mucho más, es aceptar el compromiso de estar con Él, defender lo que Él defiende y cumplir con lo que Él nos pide.
Los años me han hecho consciente de cómo la fe, en momentos de incertidumbre, es el mejor de los salvavidas. La fe ilumina nuestra conciencia, hace que tomemos decisiones más sabias, actitudes más constructivas y esperanzadoras frente al desconsuelo. La fe nos salva porque despereza la voluntad, allana, hace más fácil y transitable el camino a las metas de vida. La fe es de utilidad ya que nos hace discernir sobre aquello que es lo más conveniente para nosotros, entender que el éxito de la vida no reside en el poder ni en los bienes materiales, sino en prepararnos, formarnos para ser feliz junto a las divinidades. La fe transforma, inspira, da ímpetu y energía, voluntad para ser cada vez mejor de lo que somos.
Hacer de la fe un hábito de vida nos explica, a veces lo que la razón no puede explicar. En mi caso lo que la medicina no puede sanar.
Aunque la fe es enseñada y aprendida, debe ser mantenida y reforzada. Orar, meditar, leer testimonios de lo que han vivido, visto y escuchado tantas personas, testigos a través de la historia son formas de hacerlo. Personalmente, estudiar, investigar y profundizar, me hace tener motivos racionales para creer no solo por la educación recibida sino también por lo que conozco. Como dijo Louis Pasteur «Un poco de ciencia nos aparta de Dios. Mucha, nos aproxima a Él«.
Aceptar “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1 ) es lo que yo llamo tener fe, un privilegio, un don al alcance de todos cuando se pide con fervor y humildad.


