Hace unos días leí un artículo titulado Fronteras que repasaba la realidad geopolítica en nuestros días. Después de leerlo me surgió la pregunta: “¿qué es una frontera?”

Hay algo convencional en la definición de esta palabra, pero creo que lo más interesante de las fronteras es lo intangible. Quizá el establecimiento de fronteras sea una necesidad política y socioeconómica, pero todas las fronteras son, sin embargo, difusas.

La porosidad fronteriza es necesaria porque no podemos vivir en compartimentos estancos. Los pueblos de las fronteras son para mí fascinantes. Ofrecen una singular mezcla cultural que no es fiel a ninguno de sus orígenes. Los pueblos fronterizos son más bien una derivación genuina de aspectos culturales tomados de aquí y de allá, y esto para mí es delicioso. La gestación misma es mezcla, y aunque en lo exterior nos parezca reconocer ciertos elementos comunes deseados por muchos, el interior es insondable. No hay medio humano posible que logre imponer su control a la información genética que la vida misma muta de manera constante. En esto sin embargo, la investigación genética tiene mucho guardado bajo sus propias fronteras.

Sea como fuere, la autenticidad de lo fronterizo no es bien entendida ni aceptada por todos, pero a mí me fascina. Esa amalgama vibrante que palpita en medio de realidades opuestas, esa que es mucho más que la suma de lo que la integra; es precisamente lo que da forma y continuidad a la vida. Por eso me enamora la realidad fronteriza tanto como me asustan quienes levantan fronteras.

Pero las fronteras que más me inquietan son las que están en nosotros mismos. Nuestra piel, nuestro propio cuerpo, es una frontera que preserva el interior, y también el “respiradero” por el que tomamos y soltamos la vida. Sin ese intercambio nuestro interior no podría subsistir más allá de unos pocos minutos. Pero sabemos bien a qué elementos deseamos mostrarnos permeables y qué debe quedarse fuera, más allá de nuestra frontera física. Por eso tenemos también la capacidad de extender nuestra frontera exterior creando un campo energético alrededor. Me sorprende el poco uso que hacen algunas personas de esta capacidad cuando en general tememos tanto que lo exterior nos invada y posea nuestra integridad física, emocional y mental. Quizá lo que nos falta es entrenamiento, o sencillamente desconocemos el funcionamiento de las fronteras que son invisibles.

Yo lo veo como las fortalezas de la antigüedad. Más allá de los muros que rodean el castillo hay un foso, un espacio vacío que extiende la frontera física a través de una “nada” bajo la cual solo existe un abismo. Para salvar la frontera invisible hacen falta catapultas y puentes. No es tan distinto el modo de relacionarnos los seres humanos, ni de hacer política, poner vetos o crear alianzas socioeconómicas.

La frontera del vacío es como el silencio que imponen algunos. También hay un abismo inefable dentro y alrededor del silencio. Su inmensidad oceánica lo convierte en la frontera más terrible para los seres humanos. Cuando se emplea el silencio como frontera, se construye la que tal vez sea la barrera más impermeable de todas. El silencio se hace en la mente y lo abarca todo.

Es a través de la mente como surgen nuestras fronteras. Desde el concepto mismo, que es inventado tal vez para aplacar la angustia que nos produce la idea de ser “penetrados” por lo que nos resulta desconocido; hasta las propias fórmulas fronterizas que el subconsciente construye para aislarnos de nuestro pasado, o llevarnos a viajar a un tiempo futuro, una invención que nuestra mente crea saltándose la frontera de la realidad. ¿Y qué es “realidad”?

La mente abre y cierra fronteras a su necesidad o capricho, y tal vez sea que las fronteras son más necesarias para nuestra mente que para nuestra vida. Por más altas que las levantemos, o más llenas de abismo, siempre deberemos dejarlas también llenas de poros a través de los cuales pueda seguir nutriéndose la sabia exquisita de lo diferente.