María Moliner pasión por palabrasPor: Luis Pomed

Al momento de redactar estas líneas se cumplen cuarenta años del fallecimiento de María Moliner, autora del Diccionario de uso del español, obra que, en las pertinentes palabras de Miguel Delibes, “justifica toda una vida” o que, en las más festivas de Gabriel García Márquez, constituye “el más completo, más útil, más acucioso y más divertido diccionario de la lengua castellana”. La autora comenzó a elaborar el Diccionario allá por 1950 y sus dos volúmenes salieron de las imprentas de editorial Gredos en 1966 y 1967, respectivamente. Fueron algo más de quince años de paciente labor, elaboración de una 80.000 fichas, redactadas con lápiz y papel en la soledad del hogar, de solitario cultivo, en fin, de una rama del saber, la lexicografía, respecto de la cual María Moliner carecía de acreditaciones académicas habilitantes.

La vida de María Moliner fue una sucesión de contratiempos y sinsabores a los que supo hacer frente con entereza y determinación. Nacida en la pequeña localidad zaragozana de Paniza, su familia se trasladó a Madrid, donde pudo frecuentar la Institución Libre de Enseñanza hasta que la marcha del padre obligó a la familia a un retorno, que se nos antoja vergonzante, a Zaragoza. Lejos de amilanarse, culminó con premio extraordinario sus estudios de licenciatura de Filosofía y Letras en la rama de Historia, única disponible por entonces en la capital aragonesa, para después incorporarse a la Escuela de Filología de Aragón, al tiempo que obtenía plaza en uno de los cuerpos más prestigiosos de la administración pública española: el Cuerpo facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Tras un primer destino en el Archivo de Simancas, dedicó toda su ilusión y esfuerzo a las bibliotecas públicas.

Durante los años de la República colaboró activamente con las Misiones Pedagógicas y redactó una apasionada “Carta a los bibliotecarios rurales”, publicada como introducción a la obra colectiva Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas. Su expediente de depuración no supuso, como en tantos otros tristes casos, la separación del servicio, pero se saldó con una sanción de pérdida de hasta dieciocho niveles en el escalón profesional. En 1946 su marido es rehabilitado y ella se incorpora a la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de la que, andando el tiempo y venciendo una vez más todo tipo de dificultades, llegaría a ser directora hasta su jubilación en 1970.

Apenas dos años después, Dámaso Alonso, Rafael Lapesa y Pedro Laín Entralgo la propusieron para la Real Academia Española. De haberlo logrado, hubiera sido la primera mujer académica, privilegio que luego le cupo a Carmen Conde Abellán, quien, el 28 de enero de 1979, ocupó el sillón “k”. De nuevo la realidad española y el “macizo de la raza” del que hablara Dionisio Ridruejo, se negaron a aceptar a María Moliner, impidiendo que fuera miembro de la corporación quien, como acaba de recordar su actual director, Santiago Muñoz Machado, bien lo merecía.

Las puertas de la Academia se entreabrieron nuevamente para ella cuatro años más tarde, pero María Moliner declinó la invitación. No porque estuviera cansada de luchar, como había hecho toda su vida, sino porque ni siquiera su tenacidad aragonesa fue capaz de vencer a la arterioesclerosis cerebral que fue nublando su mente y apagando su vida. Las palabras la fueron abandonando y su hablar rotundo se tornó impreciso balbuceo.

Después de su muerte, se han sucedido los homenajes a María Moliner, quien ha logrado por fin el reconocimiento que se le negara en vida. Bien está que así sea y que seamos justos con quienes nos han aportado lo mejor de ellos, pero tengo para mí que la lexicógrafa panicense hubiera cambiado gustosa títulos honores propios por la posibilidad real de que ellas y otras tantas mujeres desarrollaran la vida profesional que se les negó.