Bibliófilo Scarlatti gran mudanzaPor: LUIS POMED

Vivimos tiempos apasionantes, pletóricos de ideas y propuestas fértiles en todos los órdenes de la vida. Unos tiempos en los que hemos aprendido que lo sabio es arrumbar lo caduco y sustituirlo por la novedad, sinónimo en sí misma de acierto y perfección. Mudemos instituciones, normas y hábitos, que no hay fórmula más atinada para resolver cuantos problemas puedan habernos salido al paso en tiempos pretéritos. ¿O es que acaso las parejas en crisis no se refuerzan en su convivencia tras un cambio de domicilio o incrementando los miembros de la unidad familiar, vulgo familia? Pues eso.

En acertada emulación de una iniciativa portuguesa, se auspicia el traslado de la sede del Tribunal Constitucional a Cádiz. Ninguna duda cabe de que la propuesta incrementará el prestigio y aceptación de la justicia constitucional en España. Pero, si es así, ¿por qué limitarnos a un solo órgano con escasos empleados públicos a su servicio? Desde aquí lanzo la propuesta de recuperar la corte itinerante del medioevo y si tal cosa no fuera posible o no se considerara oportuna, retomemos las idas y vueltas capitalinas del duque de Lerma. El Ministerio de Asuntos Exteriores, por ejemplo, donde mejor puede radicar es, obviamente, en el extranjero, así las relaciones internacionales son más fluidas. Como soy un sentimental, propongo el traslado del Ministerio de Transportes, en sus variadas denominaciones, a Venta de Baños y el de Defensa a Zaragoza o Girona, que la resistencia al francés no quede sin recompensa. Siendo el Senado cámara de segunda lectura precisada de un sosiego, no se alcanza a comprender por qué no la enviamos a los nuevos terrenos de la isla de La Palma. Culminado el proceso, propongo reflexionar sobre la oportunidad de imitar —esto es preceptivo— el modelo estadounidense, mexicano… y crear una capital federal.

Nadie mejor, por otra parte, que los universitarios para atestiguar sobre las ventajas de la “desconcentración”; alcanzado el objetivo de que cada capital de provincia tenga su propia Facultad de Derecho, es el momento de esparcir las bondades del modelo y cubrir con sus dones a las capitales de comarca y pedanías. Por la España vaciada: ni un pueblo sin universidad. El éxito está garantizado y pierdan el miedo a cualquier rectificación.

La movilidad geográfica de las sedes de las instituciones públicas, con ser idea feliz, no evita las distorsiones que causa una norma, como nuestra Constitución, de más de cuarenta años. Es llegado el momento de los afeites y la cirugía estética. Alguna voz se alzará preguntando qué se quiere modificar, qué propuestas alternativas se ponen sobre la mesa y con qué apoyos se cuenta, pues no parece sensato reformar por reformar y dejarse por el camino un consenso laboriosamente tejido. No escuchen tales voces. Recuerden que en la mudanza está la salvación. Hay que reformar porque cuarenta años sin hacerlo es una anomalía: miren si no la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985, modificada casi cada quince días para preservar la independencia de jueces y tribunales y colmatar la gloria del Consejo General del Poder Judicial. En la eventualidad, harto improbable pero nunca descartable, de que la reforma constitucional no dé los frutos deseados, busquen los responsables entre cuantos tibios y escépticos conozcan.

En fin, ya estamos avanzando con paso firme en pos de la mudanza de costumbres en la vida social. Eliminemos todo signo de civilidad, como puedan ser los saludos entre desconocidos; en caso de extrema necesidad, bastará con roznar o esgarrar, alzando la testa para mostrar especial proximidad. Ni que decir tiene que deberemos evitar todo contacto físico y que nunca, bajo ningún concepto ni circunstancia, hemos de sonreír, pues puede tomarse el rictus resultante como signo de altanería y soberbia. Un último consejo: no lean a Cavafis. Podría ser fatal.