La aprobación en 1919 de la decimoctava enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, la llamada “ley seca”, impulsó el desarrollo de las asociaciones de malhechores dedicadas a la elaboración, transporte y venta de bebidas espirituosas. Tal fue el éxito de la medida legislativa que el crimen organizado se encontró con el espinoso problema de introducir en el circuito legal las ingentes cantidades de dinero ganadas con el incumplimiento creativo del mandato constitucional. Finalmente, encontraron una solución limpia, invirtiendo esas ganancias en el negocio de las lavanderías. Las lavadoras automáticas se adquirían mediante pagos al contado y una contabilidad no menos creativa facilitaba la legalización del dinero de origen turbio. Desde entonces, la milenaria práctica de introducción del dinero de procedencia ilícita en el circuito legal se conoce como lavado o blanqueo de dinero por influencia —¿quién lo diría?— de la lengua inglesa (money laundering).
Este recordatorio viene a cuento de las declaraciones efectuadas por una actriz aprovechando un breve receso en nuestra campaña electoral permanente. La artista en cuestión ha afirmado que el presentador de un programa vespertino de entretenimiento y entomología popular “blanquea el fascismo” y que, por esto mismo, “la gente de la cultura no podemos ir a ese [su] programa”. Ignoro si ha cerrado su proclama con el clásico “ni un paso atrás” o con algún otro de los gritos de rigor.
Créame el amable lector cuando confieso que hace siglos que no veo el himenóptero programa. Y bien que lo lamento tras tomar noticia de las habilidades taumatúrgicas que atesora. Ahí es nada, blanquear toda una ideología o movimiento político como es el fascismo, para legalizarlo e incorporarlo al circuito de representación. Ciertamente, no aclara la actriz si ese blanqueamiento es solo dental, pero supuesto que llegue más allá, ardo en deseos de saber cómo salen transformados los “fascistas” de toda laya tras su paso por el hormiguero. ¿Se convierten en conservadores, liberales, socialdemócratas o medio pensionistas? Tampoco aclara si es el único programa televisivo con estos poderes o existen otros que blanquean el comunismo, el nacionalsocialismo o el nacionalcatetismo.
Imagino que no soy el único a quien le gustaría saber qué extensión presenta el campo semántico de la expresión “gente de la cultura”. Como no pertenezco a ese gremio, y tampoco me tengo por “gente culta”, desconozco si es casual su similitud con términos como “gente del campo”, “gente del fútbol”, o “gente de orden”. Lo importante, ya se sabe, es la gente. Tengo para mí que es gente que se dedica profesionalmente a actividades que permiten desarrollar nuestro juicio crítico, pues a este fin tiende la cultura según la primera acepción que del sustantivo se da en el diccionario de la Real Academia Española. Imagino, por tanto, que se refiere a novelistas, ensayistas, filósofos, pensadores y, en general, gente —siempre la gente— de malvivir.
Sea como fuere, no alcanzo a comprender muy bien por qué la gente “de la cultura” (confieso que me inquieta el artículo determinado) no debe acudir a contemplar en directo el milagro de la transubstanciación del fascista en demócrata, su inserción en el circuito democrático. La gente de cultura (sin artículo) suele ser gente inquieta, con afán de aprender y curiosidad. Por consiguiente, son personas, no solo gente, dadas a la experimentación y a la observación de toda clase de fenómenos que puedan enriquecer su bagaje intelectual. Suelen ser personas que ponen más el acento en la humildad de quien es consciente de sus carencias, que en la ejemplaridad de quien debe irradiar con su ejemplo una conducta a imitar.
Desde luego, la gente de cultura se ha venido decantando históricamente por el rechazo del sectarismo y por su propensión al diálogo civilizado. Otra cosa es la gente de “la” cultura, que no suele correr el riesgo de aventurarse más allá del terruño dominado y que gusta de marcar el territorio efectivo al resto de paisanos.
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