Es el presente un año de conmemoraciones, año santo (laico) compostelano en el que se hacinan los hitos, aniversarios, centenarios… Hasta el punto de que se corre el riesgo de echar al olvido figuras insignes a las que tanto debe la feliz y elegante política actual. De entre todas ellas —y son legión—, acaso ninguna más digna de elogio y recuerdo que la de don Juan Pich y Pon, o don Joan Pich i Pon, que de ninguna de estas maneras podía él escribir su propio nombre. Aprovéchese que en 2025 se cumplen noventa años de la hora estelar de la carrera de ese insigne político, quien en 1935 fue nombrado, sucesivamente, alcalde de Barcelona y gobernador general de Cataluña. Desde entonces su luz se fue apagando hasta que la parca le alcanzó en París —paradojas de la iluminación— en mayo de 1937, mientras anarquistas y comunistas pasaban las horas matándose en su ciudad natal por un quítame allá esa central telefónica.
Don Juan fue un político coherente, siempre dispuesto a plegarse a las necesidades del poder, a condición de que esos pliegues le depararan algún beneficio. Lampista de profesión, supo hacer negocios con las concesiones municipales, enriqueciendo así una muy noble tradición patria: sacar provecho de las necesidades ajenas y del dinero público. Fiel a un estilo que tanta fortuna ha hecho entre nosotros, cerró su carrera política como la había iniciado, entre turbios tejemanejes que se concretaron en el escándalo del Estraperlo. ¿Cuál no será la grande de don Joan que el nombre con el que se designaba a una ruleta del casino de San Sebastián acabaría por dar nombre al comercio ilegal de bienes sometidos a impuestos o tasas y, por extensión, al mercado negro en su totalidad? Feliz sinécdoque la del primer munícipe barcelonés.
Los indudables méritos que atesoraba don Juan le hicieron merecedor de la obtención de un acta de concejal del ayuntamiento de Barcelona en 1905, prodigio que luego se repetiría en 1912; fue también diputado provincial y presidente de la Cámara de la Propiedad Urbana; senador en 1918 y diputado al año siguiente, en 1929 fue comisario de la Exposición internacional de Barcelona junto con don Francesc Cambó. En 1935 llegó al cénit de su carrera política y tras su paso por la alcaldía de Barcelona fue designado gobernador de la ínsula catalana en cumplimiento de lo dispuesto en la ley de suspensión del Estatuto de autonomía de Cataluña aprobada tras los “sucesos de octubre de 1934” (delicias y agudezas del politiqués que son de larga data).
Era don Joan personaje de una integridad intachable: analfabeto por convicción, jamás sucumbió a la atención de aprender a leer y escribir. Lo que no fue obstáculo para que fundara hasta tres periódicos: “La Tribuna”, “El día gráfico” y “La noche”. Como puede verse, era hombre que gustaba de perderse errante en las sombras de la legalidad y de la letra impresa. Su renuencia a aprender las primeras letras le obligó a memorizar los discursos. Los dislates en los que inevitablemente incurría le han granjeado un lugar de honor entre los más grandes oradores al dar nombre a la “piquiponada” (error de pronunciación consistente en la sustitución de palabra por otra eufónica pero de diferente significado). Así, anunció que “en la Rambla de Cataluña han abierto un restaurante con luz genital”, declaró que “el tirano más famoso fue el Tirano de Bergerac” o, señaló que una ola de calor extremo sugería “que hayamos entrado en plena calígula”.
Yo te pregunto, querido lector, si don Joan, quien no plagió ni legisló, que no escribió una sola mentira porque no podía hacerlo, no merece un instante de recuerdo en este año jacobeo. Es don Juan maestro de políticos actuales, modelo de conducta y fuente de inspiración.

