Reflexionar sobre las propias virtudes y defectos, recolectando información desde el interior y del exterior, es lo que da luz a la conciencia para definirnos, valorarnos y hacer una autoevaluación acerca de lo que somos y hacemos. Es lo que nos desvela, a partir de pensamientos, juicios, afectos propios o ajenos, si nuestro modo habitual de funcionar e interaccionar con situaciones, experiencias de vida y personas que nos rodean es o no es el más adecuado y acertado. Acertado, en función de cómo nos haga sentir.
Descubrir los sentimientos de agrado o disgusto acompañantes de esta reflexión, placer-displacer provocados por la satisfacción o insatisfacción de fantasías, deseos o representaciones acerca de nuestra persona es lo que nos hace ser constantes en la prosecución de conservación o cambio. Es lo que nos mueve a trabajar con más ahínco en aquellas virtudes que deseamos fortalecer o mejorar y sobre aquellos defectos que queremos reducir. ¡Sin conciencia, no hay mejora, cambio, evolución ni progreso!
Conocer el efecto positivo o negativo de las etiquetas que nos ponemos u otros nos asignan, su impacto en nuestra forma de pensar y actuar o su relación e influencia con nuestra forma de sentir es lo que da animo a nuestro YO para tomar la decisión de cambio. Cambio por entender lo que la conciencia necesita fortalecer o modificar y por qué. Los rasgos personales a cultivar o desechar por la capacidad implícita de mejorar o deteriorar la armonía social.
Rasgos aprendidos que pueden ayudar o perjudicar a alcanzar el máximo potencial de las personas en términos de talento, habilidades, creatividad y logros. Imprescindibles de reeducar, si impiden a las personas alcanzar ese estado emocional de bienestar y complacencia, remanso de paz, donde uno encuentra la calma y tranquilidad que necesita. Ese estado capaz de alinear la lógica con lo emocional, lo que pensamos, sentimos y hacemos con intención de vivir en paz y armonía con las personas que nos rodean y con nosotros mismos.
Rasgos aconsejables de cultivar si buscan promover, impulsar, proteger el amor, la justicia y el bien. Actuar con veracidad, tener buena fe en cuanto a fomentar el encuentro y la unión, el respeto a los compromisos. La lealtad y fidelidad en el ejercicio de los valores. La responsabilidad de vivir de acuerdo a las convicciones. La fortaleza para actuar con prudencia, moderación y cautela para evitar herir sentimientos ajenos, robustecer la confianza por proceder con generosidad a la hora de dar, ofrecer y compartir o tolerar la diversidad.
Y, sin duda, rasgos a evitar cuando nuestras conductas, comportamientos conscientes o inconscientes son causa, motivo de alejamiento de los demás. Actitudes de rechazo que tienen su causa en la carencia de sensatez y cordura, falta de responsabilidad, exceso de arrogancia o egoísmo en nuestra forma de obrar y proceder. En el déficit de empatía o insuficiencia de templanza y moderación en nuestra forma de actuar y comportarnos.
Es fácil después de lo comentado, concluir incidiendo en la importancia que tiene hacer un balance de las virtudes y de los defectos que atesoramos cada uno para poder vivir una vida con carácter moral, obrar rectamente respecto a la elección del bien, vivir en comunidad con libertad siendo felices, practicando la conciencia del bien sin dejar de perseguir nuestros ideales. Sin olvidar que las virtudes crecen con la autodisciplina y los defectos con la autocomplacencia, tomar equivocadamente algo por cierto o adecuado. Que los virtuosos no nacen, se hacen. Se hacen con el esfuerzo, la formación, el aprendizaje y la práctica. Que los virtuosos son resultado del ejercicio de buenos hábitos y costumbres, conductas aprendidas de los mayores, aquellos que desde pequeños nos modelan en lo personal y social con su ejemplo.


