sociedades neoestamentalesLUIS POMED

Hace algunos días los suplementos y páginas culturales de distintos medios nos deleitaban con la noticia de que el poema que la poeta Amanda Gorman había recitado en el acto de toma de posesión de Joe Biden como cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos, solo puede ser traducido a otras lenguas si quien lo hace tiene la condición de mujer, preferentemente de raza negra o, cuando menos, “activista”. Vaya por delante que no he logrado averiguar si quien tradujo estas declaraciones reúne dichas condiciones, por lo que deberemos dejar en suspenso la formulación de un juicio hasta que sepamos que los deseos de doña Amanda han sido vertidos a nuestra lengua castellana por otra mujer, esperemos que de raza negra y, si tal cosa no es realizable, al menos que sea “activista”. Tampoco me veo con fuerzas ni bagaje intelectual suficiente para discernir qué sea una persona “activista”.

Lo que sí me resulta de todo punto incomprensible es la naturalidad con que se aceptan desafueros como el de doña Amanda. Está muy en línea con la necedad de la “apropiación cultural”, sintagma que denota siempre al ignaro que desconoce que la cultura, cuando es creación, nos apela a todos los seres humanos por igual y nos invita a que la hagamos nuestra. Convendrá recordar que la legislación sobre propiedad intelectual no protege a la cultura sino a quienes se dedican a ella y trata de lograr que puedan seguir haciéndolo de un modo digno.

La deriva reaccionaria nos está abocando a una nueva sociedad estamental. Recuerdo al lector que este tipo de sociedades, propias del antiguo régimen que precediera a la Revolución francesa (que es tanto como decir “desde que el mundo es mundo”), estaban jerárquicamente estratificadas: cada persona pertenecía a un estamento, en el que desarrollaba su vida y solo por hechos notables cabía hablar de movilidad social, mediante el ascenso por los honores conseguidos, a ser posible, en el campo de batalla y previo exterminio del máximo número de enemigos, o, en sentido inverso, la degradación por deshonor. En ambos casos, los descendientes sabían bien a quién debían su fortuna o infortunio.

El nuevo orden estamental ha prescindido de ideologías que ponían el acento en los aspectos sociales y las categorías que, consecuentemente, apelaban a un poso común (ciudadanos, seres humanos…) para desplazar el foco a las identidades. Con esto se ha conseguido la desagregación del todo, y ahora estamos metidos de hoz y coz en negar la empatía: solo quienes reúnan las condiciones de la víctima pueden participar de su dolor. De este modo, quienes no somos de raza negra no podemos estremecernos con el esclavismo secular; los gentiles solo derramaremos lágrimas de cocodrilo cuando nos aproximemos a los relatos de la Shoah y, por supuesto, los varones no intuimos los horrores y menosprecios que siguen padeciendo millones de mujeres por el solo hecho de serlo. Al negarnos la posibilidad de la compasión, de la empatía, se niega a todos la condición común de seres humanos. Difícilmente pudo soñar Himmler, ese sujeto abominable, que algunas de sus víctimas pudieran entregarle mayor triunfo.

Ojalá, querido lector, querida lectora, se afane usted en apropiarse del máximo número de expresiones del genio creador de poetas, músicos y pintores. Me preocupa que la obra de Homero solo la pueda traducir un varón ciego, o que a Brahms únicamente lo pueda interpretar una orquesta compuesta por varones germánicos librepensadores. Pero les confieso que cierro tranquilo estas humildes líneas porque quien quiera hacerse con el poema de doña Amanda Gorman solo tiene que acceder a su sitio de Internet (https://www.theamandagorman.com/) y, previo pago de los aproximadamente diez dólares que cuesta la obra, adquirirlo de cualquiera de las grandes corporaciones estadounidenses a cuyas páginas web la propia autora gentilmente nos reconduce. A lo que parece, cuando del dinero se trata, el color verde nos iguala a todos.