revolucion-cultural-2.0Luis Pomed Sánchez

Para el doctor Alegre, reflexivo en su escritorio

Leo en la edición digital del diario “El País” un artículo de Karelia Vázquez titulado “El autobombo en las redes no tiene límites”. El texto se ilustra con una fotografía del británico Peter Higgs, quien recibió el premio Nobel de Física en 2013 por la sorprendente coincidencia de su apellido con el nombre dado a la partícula elemental descubierta por el laboratorio del CERN en 2012. Aprovechándose de esa casualidad, este señor mayor apunta en el artículo de marras que quizás en estos tiempos no podría haber sido académico porque se le consideraría poco productivo. Y añade la autora que “no se ve Higgs publicando artículos como churros, citando y autocitándose, metido en una hiperactividad que, dice el científico, no le dejaría tiempo ni sosiego para pensar”.

Confieso mi perplejidad y espanto al leer estas declaraciones. Les dan un premio Nobel tras décadas de estudio y se creen sabios con derecho a opinar del cultivo de la ciencia. Pero, vamos a ver, ¿cuántos seguidores tiene este señor en TikTok?, ¿cuántos retuits consiguen sus reflexiones matutinas sobre el estado de la mar, del mundo o de la galaxia? Mientras sigamos apegados a los viejos modos de hacer y de pensar, no avanzaremos nada.

De lo que aquí se trata es de tener eco. Y sabido es que nada tiene más eco que el ruido atronador. No importa que se confunda la gimnasia con la magnesia, que uno se levante constitucionalista, almuerce constituyente, meriende vulcanólogo y cene kremlinólogo. Lo importante, lo único que de veras importa es el eco mediático. Porque ese eco le deparará grandes ventajas y enormes beneficios profesionales. ¿O acaso no conocen a nadie que no haya hecho una carrera a base de sus tuits, retuits y contratuits?, ¿no saben de nadie incapaz de pararse a pensar, siquiera sea un instante, antes de emitir una opinión?

Seguro que este buen señor se lo pensaría dos veces antes de equiparar el Donbass con los Sudetes, o de afirmar con desparpajo su pertenencia a la “tercera España”. ¿Se han preguntado por qué no existe una “tercera Inglaterra”?, ¿por qué no menudean los “abajo firmantes” en lengua alemana? Algo tendrá que ver, me malicio, el respeto al estudio y al saber. Mejor, si cabe: al afán de aprender, porque no es sabio quien conoce todas las respuestas sino aquel sumido en un alud de preguntas.

En tiempos, a quien se le hacía notar que había confundido la gimnasia con la magnesia se le veía abochornado y era posible que guardara silencio por los siglos de los siglos. Hoy en día su respuesta consistirá en bloquear al puntilloso o hacerle ver, con la lógica condescendencia, lo importante: ¿qué más da mientras consiga retuits, citas, reseñas… que le permitan avanzar en su carrera?

Participé recientemente en una mesa redonda con colegas de allende los mares. Al concluir el agradable intercambio de opiniones y pareceres una de las intervinientes creyó alabarme haciendo referencia a “lo novedoso” de mi enfoque. No pude por menos que sacarle de su error y hacerle ver que si le había gustado era porque me había limitado a recordar los fundamentos de la materia de la que hablábamos, los principios estructurales clásicos, cuyo desconocimiento obliga a descubrirlos una y otra mañana. Quisiera advertirle al tuitero enfrascado en esa tarea de recreación constante del universo que esa masa de agua que divisa desde el paseo marítimo de Cambrils es el Mediterráneo.