Un minuto de silencioLuis Pomed

Un minuto, querido lector, es bien poca cosa. Supone apenas la mitad del tiempo que usted empleará en la lectura de este artículo, supuesto que la paciencia le acompañe hasta el final. El minuto es humilde desde su cuna pues su denominación proviene de la palabra minutus, participio del verbo minuere, que significaba diminuto, pequeño, de poco momento o muy breve. Tal es la fugacidad del minuto que cuando solicitamos una prórroga breve de tiempo no pedimos un momento sino que rogamos la gracia de un modesto minuto, por más que sepamos que su duración rebasará con creces la sesentava parte de una hora.

La brevedad temporal del minuto es un hecho notorio e inconcuso. Hasta el punto de que cuando en mayo de 1919 el periodista australiano Edward George Honey sugirió la conveniencia de guardar silencio en recuerdo de las víctimas de la Gran Guerra no propuso que la vida se detuviera un minuto sino dos. Entendía que era el mínimo que debía tributarse a la memoria de cuantas personas, mujeres, hombres y niños, habían sufrido lo indecible a lo largo de cuatro horrendos años; en particular, a quienes no envejecerán, como anunciara ya en los albores de la contienda el poeta Laurence Binyon en su oda “Para los caídos”.

De modo que a las once horas del día once del mes once del año 1919, exactamente un año después de que callaran las armas, los británicos guardaron por vez primera dos minutos de respetuoso silencio. Aquella guerra, que debiera haber acabado con todas las guerras, solo fue el prolegómeno del paroxismo de la estupidez humana que nos regaló el siglo XX. De modo que desde entonces el domingo de recuerdo o rememoración (Remembrance Day), es decir, aquel más cercano al 11 de noviembre de cada año, los británicos han tenido que ir añadiendo un peso apenas soportable al recuerdo de los sufrientes y las víctimas de la barbarie.

La ceremonia resulta simple porque es imposible expresar la inmensidad de la tragedia de la guerra. Se guarda silencio no solo porque a esa misma hora callaron las armas sino porque no es posible dialogar con sus víctimas, que guardan el silencio eterno. Desde el plano individual, ese silencio nos iguala apenas con aquellas personas a quienes homenajeamos de corazón y nos obliga a enfrentarnos a nuestros fantasmas y pensamientos. Desde la perspectiva colectiva, nada más imponente que el silencio, nada más sobrecogedor que un mar de rostros callados porque las palabras no pueden aproximarse a manifestar nuestros sentimientos.

En España hemos hecho propia esta ceremonia y bien está que así sea. Nos iguala y amalgama sin distinción de creencias, sexo, raza, religión u origen. Al propio tiempo, respeta la individualidad como solo una ceremonia cívica de carácter laico puede hacer. Aspectos todos que juzgo positivos y que vienen acompañados de otros que no lo son tanto. Quién sabe si aportaciones patrias a la ceremonia o concesiones inevitables a un tiempo ruidoso.

La primera de ellas es la volubilidad del minuto de silencio. Sorprendería al propio Einstein la relatividad del minuto en el solar patrio. Pensará el lector que esta medida de tiempo, por breve o fugaz que sea, representa una cantidad exacta y precisa. Pues no es así: el minuto de silencio rara vez llega a los sesenta segundos y por lo común no rebasa la franja del medio minuto. Cuando la ceremonia tiene lugar en los estadios de fútbol y otros templos deportivos, la duración de ese minuto se sitúa en el entorno de los veinte segundos. El genio español habrá aportado poco a la teoría de cuerdas u otras hipótesis de la física teórica contemporánea pero se las pinta solo con la volatilidad del tiempo. Larra estaría orgulloso de ver cuánto hemos avanzado, sin apenas ayuda externa, en el manejo del factor tiempo: del día (de mañana) al minuto (de veinte segundos).

La segunda confirma el carácter insoportablemente plúmbeo del silencio para los españoles. Como no ha de faltar el energúmeno que rompa el silencio y que nunca recibirá el reproche cívico de los concurrentes, nos hemos inventado el minuto —de veinte segundos— de ovación o la audición de alguna pieza, cualquiera, interpretada por un instrumento de cuerda. El propósito es no quedarnos en silencio, no tener que enfrentarnos con nuestros pensamientos; es decir, traicionar el sentido último de la ceremonia. El silencio es el anticipo de la mortalidad que nos aguarda y el único elemento común que creemos que podemos compartir con las personas homenajeadas; la ovación cerrada o la música hacen más amplia la cesura, parecen apuntar que no se trata tanto de recordar a quienes nos dejaron cuanto de celebrar que nosotros seguimos aquí. Por escaso tiempo, no lo olvidemos.