singulares-reyes-magosDRA. ELSA MARTÍ BARCELÓ

Enero abre sus puertas con la festividad de los Reyes Magos. Un día entrañable por traer la infancia a nuestro presente; significativo, por evocar y dar vida a los que no están y echamos de menos; feliz, por ser la disculpa perfecta para estar en familia y agasajar a los que nos importan y, sin duda especial, por ser el día en el que los católicos nos unimos a la tradición de celebrar la primera vez que el Niño Jesús se mostró al mundo; el día en que representantes de religiones paganas reconocieron como rey de los reyes al Rey de los judíos y lo adoraron.

El día en que todos nos refugiamos buscando amor, amor incondicional, aquel que solo nuestros queridos Reyes Magos son capaces de dar. Ese amor que nos dio cobijo cuando éramos pequeños y que de mayor sirve para dar consuelo cuando el corazón está apesadumbrado, triste y afligido al percibir el desengaño y la decepción, nada es eterno y todo tiene fecha de caducidad.

Ese amor presente en nosotros a través de la fe, capaz de guiarnos para superar la lección de la pérdida, la soledad y el abandono, ese amor capaz de transformar a las personas para no sentir rencor cuando la vida les arrebata lo que consideran que es suyo. Ese amor que impregna de energía nuestro ser para aceptar con resignación los avatares de la vida.

Ese amor que viste de esperanza la razón de existir con intención de construir y consolidar un mundo abierto a la experiencia de lo divino, donde la sombra del rencor, la envidia o la comparación no impida compartir los sueños y las personas nos sintamos seguras y queridas.

Ese amor leal e inteligente que brinda apoyo cuando lo necesitamos y que nos dice cómo actuar para no sentirnos solos… “Reza, sonríe, piensa en mí, reza conmigo… ¿Por qué habría de estar yo fuera de tus pensamientos? ¿Sólo porque estoy fuera de tu vista? No estoy lejos… tan solo a la vuelta del camino” (San Agustín).

Queridos Reyes Magos, hoy más que nunca, necesitamos sentiros, que estéis presentes y nos arropéis con ese amor incondicional del que hemos hablado. Este año, más que en años precedentes, la muerte inesperada de seres queridos ha sembrado un sentimiento de pena difícil de sobrellevar.

A título personal hoy busco nuevamente vuestra ayuda. Vosotros fuisteis los responsables de sembrar en mí la esperanza de que << hay vida más allá de la vida>>, los que me habéis hecho vivir en el convencimiento de que <<la muerte no es el fin sino el principio de la felicidad>>, el proceso natural por el que hay que pasar para alcanzar la plenitud. El lugar donde las almas perduran más allá de la muerte física, sintiéndose en paz y armonía, porque han encontrado a los que tanto buscaban en sus recuerdos, porque habían dejado de ver. Los que me enseñasteis hablar de la muerte sin miedo ni tabúes; los que me habéis hecho asimilar que la muerte, a pesar de ser la visita que uno nunca quiere recibir, no ocurre por casualidad y siempre tiene un porqué.

Es por ello por lo que os pido que entréis en mis sueños y reforcéis las creencias en las que me educasteis con tanto esmero y dedicación. Hoy más que nunca necesito respuestas: saber cómo estáis y cómo os encontráis. Ser cómplice de la felicidad que experimentasteis al encontraros con aquellos que os precedieron y os han venido a buscar y la dicha de estar junto a Él. Necesito vuestro apoyo para afianzarme en el pensamiento de que “La muerte no es el fin y que todavía nos quedan por vivir alegrías maravillosas” (Elisabeth Kubbler-Ross).