La Real Academia Española define la pereza como negligencia, tedio o descuido en las cosas a qué estamos obligados y en una segunda acepción como flojedad o tardanza en las acciones o movimientos.
“Grandemente infeliz es aquel que pudiendo tener fuego, se dejar morir de frío; y que teniendo comida ante sí, se deja morir de hambre” (Santa Catalina de Siena).
La pereza ¡Ese demonio que se introduce en el hábitat interior de las personas con intención de hacerse con ellas, anulando su voluntad y obnubilando sus criterios de preferencia! Esa falta de voluntad, desidia, desinterés, falta de empeño en atender deberes, compromisos u obligaciones.
Tomar la actitud de abandonarse en la pereza es lo que encamina a las personas al sendero de las ambiciones no cumplidas, de los anhelos no realizados, de los sueños desvanecidos.
La pereza puede consolidarse y formar parte de nuestra vida, con el resultado de incapacitarnos para esforzarnos. Esfuerzo que no estamos, al principio, realizando por voluntad propia, y que se manifiesta en los diferentes ámbitos: laboral, familiar, social, salud … ¡Cuánto nos cuesta ponernos a realizar una tarea, y luego nos alegramos; cuanto nos cuesta visitar a los familiares o hablar con los amigos, y luego nos alegramos! ¡Cuántas veces pensamos en lo importante que es realizar ejercicio físico y una vez hecho nos alegramos! Reconozcámoslo, la mayor parte de las veces somos perezosos ante cualquier actividad que no reporte un beneficio inmediato. Las conductas de evitación o no realización causadas por la pereza pueden producir un placer momentáneo, pero en ningún caso reconfortante ni duradero. Cuántas veces nos reprochamos no haber hecho algo a causa de la pereza.
La pereza es la astenia del espíritu. Una competencia cuyo germen de cultivo se halla en la rutina y en el “más de lo mismo”. Un decaimiento o atonía que nos lleva a flojear o a desistir de lo verdaderamente importante para nosotros, lo que gusta e ilusiona. La pereza, instalada en una persona, no como manifestación esporádica sino como hábito, alerta sobre posibles padecimientos, como la depresión o la ansiedad.
Dar sentido a nuestra pereza, subjetivarla, es situar los pros y contras en un lugar visible de la conciencia, para que las personas puedan comprender cómo esta dimensiona y condiciona su autoestima y su comportamiento. Apelar al principio de la responsabilidad a la hora de presentarle batalla es lo que permite implementar la acción de una voluntad férrea y firme que ayude a combatirla.
¡No dudar ni demorar en realizar lo obligado y lo necesario es la mejor vacuna contra la pereza! La pereza se suprime actuando, no pensando en demasía. Iniciar siempre es más difícil que continuar. Como bien dice Goethe “Los perezosos siempre hablan de lo que piensan hacer, de lo que harán; los que de veras hacen algo no tienen tiempo de hablar ni de lo que hacen”.
Recapacitemos sobre las veces que utilizamos el “luego”, el “después”, el “más tarde”, el “en otro momento” u “otro día”, signos que en función de su recurrencia deben alertarnos de la posibilidad de estar en la órbita de la tan dañina pereza. ¡No lo olvides la pereza es nuestro mayor enemigo a la hora de convertir pensamientos en realidades, lo que inhabilita a la voluntad a la hora de acomodar, regular y reglamentar la conducta o comportamiento al esfuerzo de iniciar y progresar!
Y recuerda que ¡Por la calle del después se llega a la plaza de nunca! (Luis Coloma, escritor, periodista y jesuita español).

