A. ANINO
Cuando escribo estas líneas aún no ha concluido 2020. Un año en blanco y negro.
365 días tarda la tierra en dar la vuelta al sol. 366 días este año que no se nos olvidarán y que nos marcarán de por vida como el año que vivimos desconcertadamente.
El reloj de la Puerta del Sol vuelve a dar sus campanadas anunciando el renacer de un nuevo año, pero el repiqueteo no vendrá acompañado ni de vivas, ni de brindis ni de confetis en la madrileña plaza.
¡Cuánta diferencia con hace apenas 366 días! Mientras brindábamos por el comienzo de un año 2020 lleno de ilusión y esperanza, en la localidad de Wuhan ya conocían el nombre del coronavirus. Llegó enero y la alerta saltó a la Organización Mundial de la Salud y de aquí se extendió al resto de los países. En España comenzaba febrero con chirigotas y memes sobre la sopa del murciélago y críticas a los mercados chinos. Las noticias nos contaban lo que ocurría en China y callaban que ese maldito bicho, el coronavirus, ya había dado el salto a otros países incluso al nuestro. Marzo arreció con los primeros síntomas y contagios, aunque los portavoces del Gobierno de España se empeñaban en vender que solo habría unos cuantos infectados; la población daba crédito a las palabras de los “expertos” y desde el Gobierno animaban a acudir a manifestaciones feministas donde lejos de defender a la mujer se defienden unas siglas políticas. Y en estas estábamos cuando la presidenta de una región, la madrileña, vilipendiada y ridiculizada, se armó de valor y contra todos comenzó primero a cerrar residencias y después colegios. Días después sería el Gobierno de España el que decretase el estado de alarma y allí comenzó nuestra vida en blanco y negro. Calles solitarias, carreteras sin tráfico, sin vida, locales y comercios cerrados; con miedo; sin sonrisas; sin abrazos. Aplausos en abril, a las 20:00h., y de vuelta al interior de las viviendas. En mayo comenzaron las salidas pausadas y las imposiciones horarias. En junio, el anuncio gubernamental: hemos vencido al virus, como si hubiésemos estado en guerra. Un ligero soplo de viento con el verano y en septiembre, la vuelta al cole, la vuelta al miedo y de nuevo el creciente contagio. La vida en blanco y negro. Vidas perdidas, tal vez algún día sabremos cuántas han sido realmente. Destrucción de puestos de trabajo, muchos de ellos no volverán a recuperarse. Colas en la calle para acceder a establecimientos, como las imágenes de la posguerra. La cara tapada. Personas que de un día a otro necesitan de Cáritas o de esos voluntarios para tener un bocado que llevarse a la boca. Y llegó diciembre. Unas fiestas diferentes, sin alegría, sin reuniones familiares; sin abrazos y sin besos. Y con la esperanza en una vacuna que acaba de llegar. De nuevo la propaganda gubernamental a costa de la vida. Con las campanadas en todos nosotros resurgirá la esperanza con la mirada puesta en la Ciencia y el empeño en recuperar una normalidad que todavía está muy lejos de llegar.

