Al mirar la portada de este periódico se habrán dado cuenta de que comienza, con el apoyo de Uds. y el empuje que nosotros seamos capaces de darle, a ser más largo el camino utilizando el sendero (la A6) que nos envuelve. Podremos recorrer las ciudades, las villas, la parte de nuestra historia que sigue, desdichadamente, demasiado anclada en un pasado de cientos de años y en gran parte aislada de la “globalización” que nos envuelve.

Hoy voy a dedicar este artículo a una de las ciudades que fueron más pujantes hace algún tiempo, y que vive en gran parte del recuerdo de aquellos tiempos:
MEDINA DEL CAMPO
A partir de mediados del siglo XIV y durante todo el siglo XV se registra un gran dinamismo en la sociedad castellana: un notable aumento de la población trae consigo el incremento de las superficies labradas, nuevos cultivos y, sobre todo, el crecimiento de la ganadería ovina, gracias al impulso del Honrado Concejo de la Mesta. Además se desarrollan las actividades preindustriales, como las manufacturas textiles, del hierro, del cuero, etc. Y como consecuencia se consolidan los lugares de intercambio, las ferias…
En 1402 el infante Fernando de Antequera convierte una de las ferias existentes, la de Medina del Campo, situada a menos de 100 Km. de distancia de las principales capitales de Castilla, y por tanto en un lugar privilegiado, en centro de negocios de primera calidad, conectado con Francia, Nápoles y los Países Bajos. Son sus mercancías principales la lana merina, por supuesto, y la miel, los aceites, los vinos, las sedas y los lienzos, y se celebran en los meses de mayo y octubre durante cincuenta días, permaneciendo abiertas incluso los domingos. En 1491 los Reyes Católicos las declaran “Ferias generales de nuestros reinos”.
Cuentan a partir de estos tiempos con el apoyo de los grandes comerciantes internacionales, situados entonces en dos focos: el flamenco (Amberes, Brujas, Bruselas, Malinas) y el italiano (Génova, Milán, Florencia). A este reconocimiento es necesario añadir el ajuste en las medidas y pesos de las mercancías, sometidos a un riguroso control por parte de inspectores reales.
En los últimos años del siglo XV y primera mitad del XVI, además de la lana merina, principal mercancía exportable del Reino, tienen gran importancia los paños segovianos, los tejidos sevillanos, las sedas brillantes de Granada, los paños de Cuenca, etc. Y procedentes de Europa los tapices y rasos de Flandes, la lencería francesa, los encajes de Malinas, los terciopelos de Florencia, etc.
Con el paso del tiempo, el comercio más importante pasa a ser de carácter financiero y monetario. Las mercancías pueden no pasar por Medina, donde la actividad fundamental está en la utilización de la letra de cambio, los préstamos, créditos, etc. Llega el momento en que en las Letras de toda Europa figura la expresión “a pagar en Medina”, aunque la mercancía no se encuentre allí y el pago se haga en Amberes. En 1497 los Reyes Católicos realizan una nueva ordenación monetaria con una moneda referencia llamada ducado, permitiendo una importante simplificación en las negociaciones financieras.
Y ese éxito arrollador, ese cambio en la naturaleza de la Feria será el causante de su decadencia cuando las dos suspensiones de pagos del Reino en la época de Felipe II hacen desaparecer la confianza en la solidez de la Feria, por lo menos a nivel internacional. Además, la exclusividad de la raza merina también se pierde y la producción granadina de seda casi desaparece con la expulsión de los moriscos. La Feria de Medina languidecerá lentamente.

Felipe II fue el “Rey Prudente” en muchos aspectos de su reinado. Desde luego, no en el económico.

JULIO PAREJA