La pandemia de la covid-19 se caracterizó, entre otras maravillas, por un históricamente inigualado optimismo antropológico. Por alguna razón que todavía no alcanzamos a comprender, la propagación del virus y las sabias y atinadas medidas adoptadas para combatirlo, habían de transformar la naturaleza humana hasta el extremo de que saldríamos mejores del embate. No había, como acabo de apuntar, motivos que abonaran esta creencia y, sin embargo, así ha sido: la humanidad en general y nuestro país en particular —no hablemos de sus ferrocarriles— atraviesan el mejor momento de su historia, a la espera de las maravillas que habrá de depararnos el porvenir.
Por lo que estrictamente se refiere al caso español, avanzamos con paso firme hacia el cierre definitivo de la administración pública profesional. Los mejores pronósticos auguran la recuperación de la figura del “cesante”, a la que tan buenas páginas debe la literatura patria (Miau, de Benito Pérez Galdós, sin ir más lejos). Entre tanto alcanzamos esa cima, iremos llenando los escalafones de mesnadas de oposiciones que podrán superar las pruebas selectivas habiendo suspendido todos los ejercicios. Lo próximo: hacer jueces a cuantos puedan demostrar que alguna vez se acercaron a prudente distancia de la sede de un órgano judicial. Y decía Cervantes que Lepanto había sido “la más memorable y alta ocasión que vieron y verán los siglos”. Pobre diablo.
Vivimos, además, una situación inédita y llena de posibilidades: la prórroga continua de los presupuestos generales del Estado. La Constitución no contempló esta situación, que al ingenio patrio se debe, y en su modestia hacía referencia únicamente a una prórroga estrictamente funcional: la de los presupuestos vigentes que han sido aprobados en plazo, hasta tanto se puedan confeccionar y aprobar los próximos. Saltando todas las limitaciones que esto conlleva, hemos conseguido no perturbar en su descanso a los parlamentarios —dignos trasuntos de los humanos de la película Wall-e—, ni hacer perder el tiempo con el engorroso cumplimiento de la Constitución. Si hay que presentar el proyecto de presupuestos, se presentan, pero presentarlos para nada, es tontería, como bien advierte la sabiduría popular.
Las puertas giratorias han dejado de rotar y las hemos convertido en vías rápidas a destinos dignos de quienes un día decidieron dedicarse a la política y a quienes solo desde la más vil ingratitud pudiera reclamarse la indignidad de volver a sus antiguos puestos de trabajo. El dinero no fluye sino que se desborda como un torrente y los padres, madres y cuñados de la patria saben mejor que nadie qué destino darles. Mención aparte merecen quienes, llevados por su acendrada cultura pacifista nunca jamás, ni por lo más remoto han dado, ni se han planteado siquiera dar, un palo al agua. Que la patria sabrá agradecer sus desvelos.
En fin, no es solo en el mundo de la política donde menudean los motivos para el gozo y la esperanza. Ahí tienen a un individuo —dicho sea en términos estrictamente biológicos— que parece responder al nombre de Juan Antonio Reig Pla, obispo que ha sido en diversas diócesis y que el pasado día 11 de mayo esputó las siguientes palabras: “Venimos del infinito amor de Dios, que nos ha dado la vida a través de nuestros padres y esto asegura tu origen, ¡no eres un fracaso! Ni desde el origen. También para los niños que nacen con discapacidad física o intelectual o psíquica, esto ya es herencia del pecado y del desorden de la naturaleza. Pero han sido llamados por Dios y tienen también como nosotros todo el fundamento de nuestra existencia en Dios”. Definitivamente, Gregor Samsa no salió mejor: se transformó en un monstruo con apariencia vagamente humana.


