Más de 300 millones de personas sufren depresión en todo el mundo, según la OMS.
Creo que ha llegado el momento de volver a hablar sobre los mitos y realidades de la depresión. Qué hacer y qué no hacer cuando somos víctimas de esta enfermedad porque si antes humanizar los ambientes era necesario para prevenir su aparición, ahora, después de la pandemia, cobra aun mayor relevancia.
Encauzar la afectividad, expresar sentimientos, emociones y afectos, y sembrar la empatía es el secreto para desestigmatizar la depresión. Que las personas hablen con libertad y se las escuche sobre cómo se sienten, sin ser juzgadas o etiquetadas como débiles de carácter o carentes de voluntad.
Comunicar un bajo estado de ánimo es terapéutico, siempre y cuando los receptores se pongan en el lugar de la persona afectada. Hay que comprender y asimilar que la depresión es una enfermedad tratable y curable como otra cualquiera, que desvitaliza y agota hasta el punto de provocar una discapacidad a nivel familiar, social y laboral al verse afectada la personalidad y el carácter del afectado, su interés y capacidad de disfrutar de actividades que hasta entonces eran placenteras, modificando asimismo su forma de actuar, comportarse y relacionarse con los demás.
Entre las recomendaciones aconsejables para hacer frente a dicho trastorno de ánimo destacamos las siguientes:
Reconocer, poner nombre, a lo que está sucediendo. Hacerla visible conociendo cuáles son los síntomas que se manifiestan en esta enfermedad: tristeza intensa y desproporcionada, sin tener capacidad de reacción frente a ella.
Aceptar la depresión como una enfermedad que altera la forma de <<ser y hacer>> de la persona con carácter transitorio al despojarle de la alegría, la ilusión, la valentía, el optimismo u esperanza y conducirla al aislamiento y a la inactivación, a la falta de motivación para realizar actividades de la vida ordinaria que antes producían interés o placer.
Es imprescindible entender que sentirse sin fuerzas o estar más cansado de lo habitual a la hora de realizar actividades que hasta entonces se realizaban sin dificultad alguna es normal y natural dada la situación anímica que están viviendo. Que colmarse de paciencia es necesario si queremos evitar decisiones precipitadas de las que después uno se pueda arrepentir. No debemos olvidar que una tristeza intensa y desproporcionada puede secuestrar la capacidad de pensar con lógica de la persona. Pensamientos negativos acerca de ellos mismos, de las personas que les rodean o de su futuro se introducen en su cabeza guiada por una forma de sentir arrolladora que puede confundir.
Alimentar la esperanza con el pensamiento de que es una enfermedad superable, planteando objetivos y metas realistas y realizables, acordes al estado en que nos encontramos en el que la capacidad de hacer y ofrecer está mermada, es imprescindible para evitar que se acreciente el grado de discapacidad a nivel familiar, social o laboral.
También es conveniente no perder contacto con el mundo exterior, relacionarte con las personas que te rodean a pesar de no tener muchas ganas de hacerlo. Comunicar cómo se siente ayuda a las personas cercanas a empatizar con nuestro sufrimiento, a comprender que durante un tiempo nuestro rol familiar, social o laboral puede verse afectado. Es frecuente escuchar a los familiares de estos pacientes quejarse de que no saben cómo ayudar. Expresar lo que en este estado uno desea o necesita de los otros es importante porque las personas que les rodean no son adivinas.
Cuidar el aspecto personal es recomendable para subir la autoestima y fortalecer el dialogo interior, la forma en que uno se habla así mismo.
Alimentarse con una dieta variada y equilibrada, realizar actividades físicas que no supongan un gran esfuerzo y mantener un horario regular de sueño, son pautas de conducta que nos ayudarán a minorar los efectos de la depresión.
Superar la patología depresiva en la mayoría de los casos requerirá la atención de los servicios médicos especializados.


