Bibliófilo Scarlatti sosiegoLuis Pomed

El pasado miércoles, 14 de julio de 2021, mientras nuestros vecinos franceses conmemoraban el aniversario de la Revolución con el tradicional asalto al teatro de La Bastilla y heroica liberación del espectador atrapado en su patio de butacas, nuestro Tribunal Constitucional avanzó las conclusiones alcanzadas en su enjuiciamiento del estado de alarma declarado en marzo del pasado año para combatir la Covid-19. El anuncio de la estimación parcial del recurso de inconstitucionalidad en su día interpuesto por más de cincuenta diputados de Vox en el Congreso fue seguido de una catarata de reacciones como no vieron los tiempos. Quienes manifestaron su opinión se dividieron básicamente en dos grupos: contra el Tribunal Constitucional o contra el Gobierno, pues lo pertinente es saber siempre contra quién se sitúa cada cual, que los compañeros de antipatías no han de faltar.

Habrá quien se sorprenda ante la abundancia de reacciones, tomas de postura, manifestaciones airadas, tuits, entradas en blogs, que versaban todos ellos sobre una sentencia que no se había hecho pública y cuyos votos particulares se encontraban por entonces pendientes de firma. No faltará tampoco quien se pregunte cómo es posible pronunciarse con tanta contundencia y aplomo como hemos tenido ocasión de ver sobre de unas conclusiones cuyos presupuestos y fundamentación no son conocidos. Es posible que alguno incluso se pregunte cómo diferenciar estas reacciones de aquellas habituales en los contertulios de programas radiofónicos y televisivos, quienes no precisan rebajarse a la indignidad de formarse opinión para poder expresarla.

Personalmente, prefiero ver las virtudes de esta forma de actuar en la arena pública. Que las hay, tantas que apenas me atrevo a apuntar aquí unas pocas. Por una parte, permite la participación de quien desee expresar su parecer sin necesidad de fundarlo en Derecho. Se trata de una ventaja, se mire por donde se mire, que, sin ir más lejos, asimila el Derecho al noble arte del fútbol y aproxima a los juristas de oficio o profesión al Olimpo del gacetillero balompédico y hace de las facultades de Derecho sucursales más o menos aventajadas de “El Chiringuito de Jugones”. Por otra, esta forma de conducirse ante asuntos dotados de la máxima solemnidad no solo los hace más cercanos, como de la familia, sino que también nos permite ahorrar tiempo y afrontarlos con mayor inmediatez. Ese mismo tiempo que se nos va en la lectura reposada y sosegada de textos más o menos largos, pero siempre complejos, lo podemos dedicar a emitir nuestro propio juicio. Hay que asomarse inmediatamente a las redes sociales, que luego todo son prisas y no conviene detenerse en la lectura, lacra que no solo nos hacen perder un precioso tiempo, sino que, además, nos dificulta pontificar y adoctrinar a cuantos —y son muchos— lo necesitan y están ávidos de nuestro saber, aunque ellos mismos lo ignoren.

Pero si hay una ventaja que sobresalga por encima de todas las demás, esta es sin duda la enorme potencialidad que encierra esta forma de comportarse. Piénsese, sin ir más lejos, en lo cómodo que resultará para críticos profesionales y para el público en general poder emitir opinión no ya sobre el último libro de Andrés Trapiello o la última película de Wes Anderson, sino sobre el próximo libro o la próxima película: avanzaremos nuestra opinión, hasta el punto de adelantar al propio creador literario o cinematográfico. Los comentaristas taurinos no necesitarán asistir al festejo completo para glosar la faena pues bastará, en el peor de los casos, con tener noticia de los trofeos concedidos para poder recrearla en sus menores detalles. Ganaremos tiempo y presciencia y la ciencia que dejemos por el camino a la vista está que poco nos importa.