Luis Pomed Sánchez

Economía de la polarización: la tertulianocraciaEspaña celebra resignadamente la primera década de bloqueo político. Se contempla la posibilidad de celebrar diversos actos de conmemoración de la negativa de Mariano Rajoy a presentar su candidatura a la presidencia del Gobierno en un debate de investidura que sabía perdido, así como de seminarios y conferencias sobre la influencia de la hermenéutica de Wittgenstein en el lema “No es no”, de evidentes ecos taoístas. En estos diez años los políticos españoles han disputado sus encuentros en un terreno embarrado y con una evidente incapacidad para romper las defensas contrarias. La movilización constante del electorado inasequible al desaliento, por una parte, la renuncia al ejercicio de toda actividad crítica, y la incapacidad del principal partido de la oposición (condición que ha variado en esta década vulgar) de atraer a un electorado distinto del que transita por sus trincheras, han dado como resultado el bloqueo de la política nacional.

La política española vive ensimismada porque quien está condenado a una existencia lastrada por sus complejos y carencias no puede sino atender a ellos. Cuanto sucede allende nuestras fronteras solo es digno de atención como material para utilizar contra el adversario, rápidamente transmutado en enemigo. Si el sátrapa de Caracas pierde su trono, importa decir que nunca le mandamos un regalo por su cumpleaños; si las mujeres iraníes dan una muestra de dignidad y arrojo sin igual, hay que valorar cuántos votos nos puede reportar un gesto quijotesco. Y es que, como diría León Felipe, en España ya no hay locos, puesto que desde que “se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto” [intelectual], “todo el mundo está acuerdo, terrible, horriblemente cuerdo”.

Se trata, ni que decir tiene, de una cordura utilitarista, pragmática. No dedicamos nuestros esfuerzos a diagnosticar el problema, que modestamente creo que se sitúa en la incapacidad de nuestro sistema electoral para proporcionar unas bases de gobernabilidad, y proponer soluciones, que acaso pudieran pasar por un uso prudente de las barreras electorales, acudir al premio de mayorías que tan buenos resultados han acabado arrojando en Italia o Grecia… No, dedicamos nuestros esfuerzos a sacar provecho del bloqueo, a seguir dando bocanadas —a la par que echándolas, pues ambas acciones son coextensas— en el mar muerto de la política nacional para no perder la poltrona ni la esfera de poder, por ridícula que resulte.

Al efecto, se han demostrado de suma utilidad tanto el abandono de todo atisbo de responsabilidad por la gestión, ¿a quién le importa la gestión cuando estamos jugándonos el destino de la humanidad?, como la conversión de nuestro sistema político, otrora denostado como “régimen”, en una tertulianocracia. Es capital inundar las pantallas de televisión de afines capaz de repetir el argumentario sin que les tiemble la voz ni les bailen las neuronas. No importa que la audiencia crezca o se enriquezca (intelectualmente), lo importante es mantenerla en tensión y para ello debe apelarse al sentimiento y no a la razón: la descalificación del contrario antes que la réplica racional a sus propuestas, o su análisis riguroso.

Los todólogos saben de todo porque no necesitan estudiar nada; tienen opinión fundada sobre cualquier tema y ya nos advirtieron de lo que iba a pasar, pero nosotros, testarudos en nuestra ignorancia, no los escuchamos. Pero, sobre todo, nuestros tertulianos son inmunes a la crítica y a la reflexión pues es esencial que no paren de hablar: el silencio es cómplice y la quietud nos hará caernos de la bicicleta. Por supuesto, a nadie se le ocurra plantear debate alguno sobre la función que pueden cumplir, si alguna, las televisiones públicas en la era de Youtube. Ya la cumplen, al servicio del poder.