Corría el año de gracia de 1937 cuando el posteriormente designado “Benefactor de la patria” y, sin embargo, nunca expresamente reconocido como sátrapa entre los sátrapas, Rafael Leónidas Trujillo, decidió emprender la limpieza étnica del territorio de la República Dominicana. El “Jefe”, como gustaban de llamarle sus acólitos, ordenó el exterminio de la población de origen haitiano residente en suelo dominicano, particularmente en la frontera con la vecina República de Haití. Para facilitar la identificación de las víctimas, se sometió a los candidatos a víctimas del crimen a la prueba de pronunciar la palabra “perejil”. Se trataba de un método sencillo para abrir las puertas del salvajismo habida cuenta de la dificultad que encontraban los hablantes del criollo para pronunciar la “r” suave (según parece, perejil, persil en francés, se traduce al criollo haitiano como pèsil). El error en la pronunciación conllevaba la muerte de quien lo cometía. Por ignorante que fuera de la obra del filósofo vienés, “Chapita” Trujillo hizo triste realidad el aforismo de Wittgenstein según el cual “los límites de mi lengua representan los límites de mi mundo”.
Los tiempos cambian que es una barbaridad y los nuevos benefactores de la patria, el pueblo o su gente, saben adaptar las viejas herramientas para dar solución a las necesidades contemporáneas. En la política actual, mucho más civilizada, la proliferación del uso del perejil y otras plantas herbáceas no es la antesala de la muerte violenta sino del etiquetado de los enemigos o, lo que es peor, de los tibios o equidistantes.
Prolifera en nuestros días la utilización de términos que no buscan el acuerdo sino la confrontación. En la definición de no pocas propuestas basta con el uso de determinadas palabras, o su ausencia, para que el consenso se torne imposible. Y nuestros sabios políticos, profesionales del ramo, hacen uso de esta potencialidad divisiva. Si usted está de acuerdo en lo sustantivo de una propuesta, asume los valores que la informan, pero muestra reticencias fundadas a la utilización de determinados verbos, sujetos o adjetivos, dejará inmediatamente de formar parte de la comunidad de hablantes que participan de los valores superiores de moralidad. Si, por deficiencias que usted pueda padecer, hace una llamada a la prudencia y a la mesura en el uso del lenguaje, inmediatamente resonarán desde las entrañas del Averno las siete trompetas que revelarán otras calamidades que deberá padecer usted y sus descendientes.
Estos perejiles no se utilizan para sazonar el plato de la política sino, exclusivamente, para poder etiquetar al oyente. Puesto que la política es, ante todo, una actividad profesional que tiene por objeto la obtención de puestos de trabajo financiados con dinero público y a los que se accede tras la superación de un largo periodo servicial (sumamente preciso, a este respecto, el cuadro que dibuja Rory Stewart en su libro “Politics on the Edge. A Memoir from Within”), nada mejor que saber apartar desde la primera hora del día el grano de la paja.
Quien no sepa pronunciar la palabra perejil, o dude de la idoneidad de su utilización en determinados contextos, que se aparte y guarde silencio. No en vano, es inconcusa la afirmación de que leer no nos hace mejores, si acaso más sabios y prudentes. Pero el mundo —y la política— es de los audaces, de quienes no se paran en barras y saben que el mal procede siempre del mismo lado, porque nada consuela más que el sectarismo: el sectario está siempre en posesión de la verdad y solo le mueve el amor a ella y a la humanidad. Sin confundir nunca, innecesario parece recordarlo, la libertad con el libertinaje.

