Gustan nuestros políticos de envolvernos en el abrazo del oso como paso previo a la dentellada crematística. Es el único momento, amén del electoral, en el que confraternizan con nosotros y proclaman nuestra radical igualdad, antes de volver a considerarnos ruedas de la maquinaria que les da de comer. Así, tras el clásico “Hacienda somos todos”, llegó María Dolores de Cospedal pregonando que “Marca España somos todos”, en una sucesión de genialidades que han llegado ahora a la afirmación, hecha por el presidente del Gobierno, de que “el Estado somos todos”. Al momento de redactar estas líneas se ignora qué reacción han suscitado estas palabras en el president Pugidemont, pero no parece que le hayan conmovido en exceso; como tampoco han frenado el desapoderamiento fiscal de ese Estado que somos todos en la comunidad autónoma del País Vasco.
Dejando al margen otras consideraciones, cabe analizar la expresión desde dos ópticas, según aceptemos como irrefutable el enunciado o lo rechacemos.
Supuesto que todos seamos Estado, habremos de convenir en que no hemos brillado a gran altura, por decir lo menos, con ocasión de las inundaciones padecidas en la Comunidad Valenciana, Cataluña, Castilla-La Mancha y Andalucía. Hemos fracasado en la detección, mediante los oportunos sistemas de alerta temprana, de lo que otrora se llamara “gota fría”, ahora “dana” —que no es la forma coloquial de llamar a las Danielas, sino el acrónimo de “depresión aislada en niveles altos”— y en el futuro vaya usted a saber. Es un fenómeno recurrente en el levante y que, nuevamente, nos ha pillado con la guardia baja. Hemos fracaso también en la reacción inmediata, porque estábamos a otras cosas. Nos preocupaba más el control de las televisiones públicas con las que alimentar a nuestra grada de animación. Y, por supuesto, vamos a fracasar estrepitosamente en la depuración de responsabilidades. Cuando a ninguno de los políticos concernidos se le ha torcido el gesto, es vano apelar a los mecanismos de deducción de responsabilidades políticas. En todo caso, resultaría injusto que pagaran unos pocos por lo que es responsabilidad de todos. Dicho en positivo, ha llegado el momento de incrementar la presión fiscal para que Juan Español tribute y así podamos prevenir nuevos desastres naturales mediante el incremento de los asesores de los políticos y la constitución de los correspondientes observatorios y gabinetes.
Pero ¿y si no todos somos Estado? Si rechazamos la sinécdoque presidencial, quizás podamos destacar que ha sido la sociedad —y no el Estado— quien ha reaccionado con una generosidad que ha conmovido a propios y extraños. Si nos negamos a aceptar la identificación de la nación con el aparato administrativo que debe servirla, habremos de convenir en que este es profundamente defectuoso. Insisto: la catástrofe ha venido provocada por un fenómeno meteorológico recurrente, cuya última manifestación extrema tuvo lugar en septiembre de 2019. No se acaba de entender muy bien la insistencia en advertir de los daños que acarreará el cambio climático y la escasa diligencia que parece existir en la prevención y reparación de tales daños. No se entiende en absoluto cómo siguen en sus puestos responsables —es un decir— políticos que han menospreciado a las víctimas, han sido incapaces de actuar con un mínimo de cordura frente a la adversidad o desenvolverse con la mínima ejemplaridad.
Si no todos somos Estado, y no lo somos, debiéramos ejercer la responsabilidad individual y no comportarnos como siervos de la gleba de unos terratenientes que ni tan siquiera han considerado pertinente convocarnos a un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas. Habríamos de actuar como ciudadanos, que no otra cosa han hecho cuantos han contribuido con su tiempo, con su esfuerzo o con su dinero, a reparar el daño. Un daño, por cierto, que han sufrido en especial las personas más vulnerables: ancianos y discapacitados. Les debemos el recuerdo y la lealtad.

