mundo-de-ayerDRA. ELSA MARTÍ BARCELÓ

No puedes educar a tus hijos como tus padres lo hicieron contigo, pues tus padres te educaron para un mundo que ya no existe” Vidal Schmill

El otro día tres amigas del cole reflexionábamos sobre esa frase recibida por WhatsApp… Debatir sobre si estábamos de acuerdo o no con esa manifestación fue lo que nos llevó a invocar una infancia entrañable, repleta de recuerdos y experiencias felices, determinada por unos protagonistas muy especiales, nuestros padres. Ellos nos enseñaron lo que teníamos que cultivar para ser mujeres de bien, mujeres resueltas, decididas, preparadas para enfrentarnos a un mundo “el de ayer”, pero siendo conscientes de algunos de los cambios que se podrían ir produciendo en cuanto a ideales, normas, gustos, hábitos o tendencias que conformarían un mundo diferente “el de hoy”.

Con cierta nostalgia recordábamos lo bien que vivíamos en el seno de nuestras familias. Familias tradicionales en cuanto a principios, creencias y costumbres. Familias numerosas donde aprendimos las conductas, aquellas normas que eran necesarias  para vivir en sociedad de forma segura. Cultivamos el sentido de identidad y autonomía de uno mismo para el confort emocional. Aprehendimos la importancia del afecto, empatía y escucha activa para experimentar las gracias de querer, ser y sentirse querido. Asimilamos el significado de la lealtad, el compromiso y respeto para crear confianza. Comprendimos la cultura del esfuerzo para satisfacer la necesidad de tener los medios materiales, económicos y educativos necesarios para vivir. También el principio de la equidad para ser justo y tolerante.

Con satisfacción comentábamos lo seguras que nos sentíamos viviendo en una realidad administrada por la afectividad. “Afectividad” la palabra mágica capaz de alejarnos de la maldad, envidia o traición, neutralizar los enfados, las quejas injustas cuando los deseos, caprichos no se cumplían o cuando la libertad podía verse mermada. La palabra capaz de promover el amor y el respeto, la amistad y la confianza, la honestidad y la paciencia. Valores todos ellos determinantes de buenas actitudes y comportamientos tendentes a satisfacer nuestras necesidades afectivas a través de las demostraciones de amor que se ofrecen y se reciben.

Con cierta añoranza recordábamos momentos maravillosos de complicidad con personas significativas e influyentes de nuestras vidas. Aquellas que nos enseñaron a dar las gracias y a pedir las cosas por favor. A expresar los afectos por otras personas con manifestaciones de cariño y ternura, con palabras, gestos o hechos. Aquellas que nos adoctrinaron en cómo despertar la sensibilidad, la capacidad de comprender algunas situaciones que viven otras personas con intención de compartir y prestarles ayuda. Aquellas que con su ejemplo nos han hecho descubrir que las personas amadas y queridas disponen de mejor actitud ante la vida.

Aquellas que nos enseñaron la importancia de la Fe en el amplio sentido de la palabra; que nos adoctrinaron para tener fe en nosotros y en los demás, para tener confianza en lo que podíamos conseguir con nuestro esfuerzo y tenacidad. Aquellas  que nos instruyeron en creencias religiosas y en construir una vida ordenada, con sentido y que nos haga sentir plenos y satisfechos. Que nos motivaron a diseñar un futuro, a tener un noviazgo, un matrimonio, una familia, amistades o una profesión, a entender con paciencia a los mayores y escuchar con atención a los más pequeños, a comprender cómo las expresiones de agradecimiento por algo o hacia alguien son muestras de apoyo, solidaridad y respeto. En definitiva, a comprender la afectividad como lo define la psicología “la capacidad del ser humano de experimentar la realidad exterior en su interior, experimentándose a su vez en sí mismo”.

Y después de mucho debatir, nos reafirmamos en que volveríamos a educar como nuestros padres nos educaron: “Un mundo de siempre”.