moción-censura-espanolaLuis Pomed Sánchez

John Major, probablemente el menos ingenioso de los primeros ministros conservadores que han gobernado el Reino Unido, se mofaba de la incontinencia verbal de su contradictor laborista en los siguientes términos: “Los discursos de Neil Kinnock se prolongan indefinidamente porque, al no tener nada que decir, le es imposible cerrarlos una vez lanzado su mensaje”. A buen seguro, la carrera política del señor Kinnock hubiera sido harto más brillante entre nosotros. Sus limitaciones expresivas no hubieran representado obstáculo alguno para una trayectoria jalonada de recompensas a la función principal del parlamentario español en tanto que homo (o mulier) applaudens. En la política española, todo le es debido al gran aplaudidor, en quien puede depositarse plenamente la confianza, sabiendo que no podrá traicionarla, al menos hasta que encuentre a otra luminaria a quien ofrecer su apolíneo batir de palmas.

Les falta igualmente a los políticos de otras latitudes este ingenio, este gracejo tan español que nos lleva a malbaratar las instituciones como si nada nos fuese en la empresa. Seis mociones de censura se han sucedido en el solar patrio, a cada cual más ingeniosa. No se puede decir, desde luego, que nuestros políticos no innoven: ahí es nada, importar una fórmula alemana de moción de censura constructiva para convertirla en ameno pasatiempo que evita a algunos pasar sus días en el hogar del jubilado.

Si en ocasiones anteriores la moción de censura sirvió para presentación en sociedad de quien luego habría de ser presidente del Gobierno (Felipe González en 1980), de saludo y cierre (Hernández Mancha en 1987), en esta nos ha permitido recuperar la egregia figura del autor de la segunda parte de La Regenta. En efecto, no debiera caer en el olvido el más terrible episodio de lo que dio en llamarse el “efecto 2000” y es que ese año don Ramón Tamames dio —¿sería mejor decir que arrojó?— a la imprenta La segunda vida de Anita Ozores. De igual modo que Avellaneda trató de adonarse con plumas ajenas, don Ramón se propuso, afortunadamente en vano, rebajar el mérito de la mejor novela española contemporánea y acaso ajustar cuentas con don Leopoldo Alas.

Emulando a Andy Warhol, el Parlamento español ha concedido quince postreros minutos de gloria a don Ramón. Cabe preguntarse, al respecto, si el emérito candidato ha ejercido su derecho fundamental a aspirar a la presidencia del Gobierno o ha servido como proyección pública de la reforma del sistema de pensiones que pergeña el trigobierno español. No por casualidad, menudea la recuperación de viejas glorias que retornan al servicio activo tras disfrutar de un merecido, a la par que breve, descanso.

Sea como fuere, el Congreso se ha divertido un par de días, y eso siempre está bien. Que no todo va a ser trabajar denodadamente en pro de la mejora de la calidad de vida de los conciudadanos. En particular, la sexta moción de censura de la era moderna nos ha ofrecido algunos momentos entrañables, como fueron la filtración —¿para cuándo la declaración de la filtración como bien de interés cultural inmaterial y la dispensación de una protección eficaz al filtrador?— del discurso de don Ramón, su olvido de reclamar elecciones brevemente anticipadas o la proclamación por una vicepresidenta del Gobierno del derecho humano —en sentido amplio, no caigamos en el especismo— del derecho a ser feliz.

Pero si algo ha resultado especialmente conmovedor de este simpático episodio ha sido la expresión por el candidato de su esperanza de que la moción de censura sirviera para modificar el Reglamento parlamentario y limitar el tiempo de intervención de los diputados. Pobre don Ramón. Solo a él se le podían hacer eternas e indigestas las tediosas lecturas de textos de miles, quizás millones, de caracteres. Porque solo él les prestaba atención, escuchaba a los lectores, que no oradores. El resto de los parlamentarios estaba a sus cosas: a la pantalla, del móvil o de la Tablet, hasta que fueron llamados a aplaudir. Que es lo suyo.