Cada 14 de febrero, desde mediados del siglo XX, España se une a la tradición de celebrar la festividad de San Valentín. Una tradición arraigada e implementada en muchos países para celebrar el amor en pareja. Una costumbre basada en un hecho histórico, el coraje y la rebeldía de un sacerdote católico, quien fue decapitado en la Roma del siglo III por desobedecer la orden del Emperador Claudio II de no celebrar matrimonios entre los más jóvenes, porque consideraba que los solteros sin familia eran mejores soldados al tener menores ataduras. Una festividad, sin duda merecida, para honrar, mostrar consideración y respeto a la persona que hizo del amor su causa, hasta el punto de poner en riesgo su vida.
Profundizar en una historia de tanto calado y significado, lejos del mercantilismo de los regalos, la hace protagonista de mis reflexiones. Escribir sobre el sentimiento del amor, que San Valentín tanto defendió, es mi forma de mostrar mi gratitud ante su generosidad y altruismo.
Empezaré por decir que una vida sin amor no es vida. Enamorarse cada día de lo que somos y tenemos, entusiasmarnos con lo que hacemos, vivimos y sentimos es vital para alcanzar la plenitud y el bienestar con nosotros mismos y con los demás.
Sentir alegría, entusiasmo y placer cuando en nuestra vida entra alguien que nos atrae de forma inconsciente, irracional e inexplicable es lo que da vida en nosotros a ese sentimiento llamado amor.
Un sentimiento difícil de comprender por estar sujeto, en un principio, más que a la razón, a la manifestación de ilusión de los nuevo y desconocido que tan atractivo es, y que se hace perdurable cuando nos lleva a conocer de forma más real, profunda y completa a la persona, con virtudes y defectos.
El amor es el sentimiento por excelencia que da sentido a unirse a las personas y ser fiel a ellas. Un sentimiento embriagador para el que lo vive por llevar implícito la complicidad, el apoyo, la estabilidad y el cariño.
Pero enamorarse, a pesar de ser una experiencia satisfactoria y gratificante, no está libre de exigencias. Requiere voluntad, empeño, atención, entrega y esfuerzo, respeto y tolerancia; cualidades todas ellas ligadas a lo que significa compromiso y lealtad. Valores fundamentales para construir una relación sana, feliz y perdurable.
Es importante vivir de forma inteligente este sentimiento contagioso sin permitir que nos ciegue. Empoderándonos a nivel cognitivo para construir una mirada objetiva donde se admire a la persona sin idealizarla, sin justificar o aminorar lo negativo que hay en ella.
Siendo constantes en mantener vivo el deseo de reciprocidad, intimidad y unión física con el otro; el apego y vinculación que ayude a hacer el deseo del otro un poco nuestro. Las miradas cómplices, palabras, gestos cariñosos son necesarios para construir una relación sana, sin dependencia emocional ni miedo al rechazo al pensar que la otra persona no siente lo mismo.
Aceptando o reconociendo errores para perdonar sin condicionantes.
Asentando en nuestra mente la idea de que el amor no termina cuando desaparecen las célebres mariposas en el estómago, sino que cambia y se trasforma para dar paso a un sentimiento más real, profundo y duradero, es acercarnos al amor de forma madura, sincera y sensata.
Seamos inteligentes y no hagamos del amor un sentimiento obsesivo que altere nuestro YO y nuestra realidad. Trabajemos con firmeza y determinación para dar vida a un sentimiento real, estable y saludable, basado en la entrega y dedicación. Respetemos la libertad individual y el derecho del otro a ser diferente. Trabajemos el amor porque nos hace felices, únicos y especiales. Encontremos en el amor la compensación para seguir caminando juntos de la mano en la misma dirección de una forma racional, sin engaños, sin idealización.


