Ustedes son muy jóvenes, pero hubo un tiempo, que se prolongó hasta hace algo más de una década, en el que la contienda partidista entablada en el solar patrio conocía de treguas y descansos. Tras una campaña electoral cargada de promesas inverosímiles y las correspondientes votaciones, se procedía a la formación de un órgano colegiado cuya función era gobernar, del latín “gubernare”: pilotar o guiar una nave. Esta función implicaba la fijación de unos objetivos y el trazado de un rumbo con el que alcanzarlos. Ni que decir tiene que el plural pasaje de la nao no necesariamente coincidía en el fin ni en los medios, estando unos y otros abiertos a permanente contraste y discusión. Desde las elecciones generales de diciembre de 2015 el buque ha venido siendo objeto de una paulatina, y en ocasiones subrepticia, transformación, que ha dado por resultado final su cada vez más evidente asimilación con la Batavia, esa fragata cuyo naufragio narró con singular destreza Simon Leys.
En primer lugar, la campaña electoral ya no es una fase temporalmente limitada de nuestra vida política sino nuestro estado habitual. Vivimos en la campaña electoral permanente, lo que impone acentuar las diferencias que permitan a los ciudadanos, ahora electores, decidir sus preferencias políticas en función esencialmente del rechazo de lo ajeno. Cuanta mayor sea la similitud de fondo, más extremada ha de resultar la expresión de aquello que nos distingue.
Consecuentemente, ningún tema ni momento son ajenos a la lucha partidista. Atrás quedan los añejos cien días de gracia concedidos al ejecutivo cuando tomaba posesión del cargo, como también han caído en el olvido los hábitos del pacto y del acuerdo. Quien propone actualmente un pacto de Estado lo hace con el propósito de descolocar al adversario, a quien tiende una trampa cuyo rechazo permitirá identificarlo como compendio de todo mal sin parte de bien alguna.
Resulta discutible, por decir lo menos, que en el momento actual nuestra democracia satisfaga las exigencias mínimas del parlamentarismo racionalizado establecido por los constituyentes en 1978. Lejanos quedan los ecos de la democracia deliberativa y se oyen con estrépito los clamores de la democracia de autorización donde la calidad del debate —cuando existe— apenas importa. El Ejecutivo prescinde sistemáticamente del Legislativo, que es considerado apenas una prolongación de los partidos políticos. Piénsese, si no, en la nula intervención que los órganos de gobierno de las cámaras parlamentarias tienen en el cumplimiento de determinadas obligaciones constitucionales, como el nombramiento de magistrados del Tribunal Constitucional o consejeros del Poder Judicial; los presidentes y las mesas quedan inertes a la espera de la voz ejecutiva de las dirigencias partidistas.
Recientemente, David Delgado Ramos, “Cuatro años sin debate sobre el estado de la Nación”, ha recordado que el empobrecimiento de nuestra vida parlamentaria se ha llevado por delante incluso figuras que creíamos auténticas costumbres constitucionales. Se pone así de relieve que para insuflar vida a las instituciones democráticas es preciso asumir la virtualidad del debate y la deliberación: esta sirve para alumbrar mejores razones, o, al menos, para alcanzar consensos mínimos que pongan en cuestión nuestras convicciones más acendradas.
Este es, justamente, el eventual punto de quiebre de nuestra convivencia. La polarización en la que chapoteamos hace que una parte de la sociedad desconozca por completo acontecimientos que para otros son capitales. Baste pensar, sin ir más lejos, que frente a quienes ignoran las andanzas especulativas de gobiernos autonómicos se alzan aquellos otros que consideran la agresión a Ceuta como una alegre excursión campestre. Y es que tanto las redes sociales como los relatos no sirven para aportar argumentos a un debate racional sino, exclusivamente, para reforzar las creencias a las que nos aferramos. Unas creencias que cuando comienzan a desmoronarse solo pueden ser reparadas con ideas, con pensamientos abiertos al contraste de quienes discrepan. Entonces asumimos conciencia de que el relato puede no ser más que puro cuento y desatino. Y nos convertimos en ciudadanos libres.

