Luis Pomed
Decía don Carlos Marx, el único de la familia que no acudió aquella noche a la ópera y no pudo degustar la exquisita sopa de ganso que allí sirvieron, que la historia tiende a repetirse, primero como tragedia y luego como farsa. En estos días hemos asistido a una nueva farsa: el movimiento secesionista de los clubes de fútbol más ricos del mundo, quienes trataron de desasirse del yugo proletarizante que les oprimía. Hartos de las cadenas que les han impuesto entidades como la Balompédica Linense, la Unión Popular de Langreo o el Club Deportivo Corralejo, doce clubes de aficionados a la buena mesa intentaron ejercer su derecho a decidir ser más ricos y no padecer las molestias y sinsabores de viajar por esos mundos de Dios, ni siquiera en clase preferente y alojarse en hoteles de cinco estrellas.
Estos doce testigos de los hechos y palabras de seres superiores anunciaron al mundo su declaración unilateral de independencia y la consiguiente creación de la República independiente de sus esféricos. Juraron y perjuraron que eso no iba del vil metal, que lo tienen por condena y se les cae de los bolsillos pues ellos son ricos por casa, iba de fútbol, del noble deporte del balón redondo. El fútbol ha entrado en una situación económica crítica por culpa de los fichajes que irresponsablemente han hecho equipos como el Cádiz, el Benevento o el Hertha de Berlín. ¿Cómo no indignarse cuando uno oye los desmanes urbanísticos que favorecen al Puerta Bonita, el Alcoyano o el Atlético Sanluqueño, sobre cuyas ciudades deportivas se suscriben los más inauditos convenios, o cuyos faraónicos estadios son objeto de constantes remodelaciones a precio de oro?, ¿cómo no irritarse cuando tenemos noticia de que la justicia de la Unión Europea no es sensible hacia el hecho diferencial de aquellos equipos que compiten recibiendo ayudas de Estado?.
La República independiente de sus esféricos parece haber sido fugaz, acaso la segunda más fugaz en la historia reciente de Occidente. Cierto es que alguno de sus principales promotores está todavía atravesando la primera de las fases del duelo y lo niega, se aferra a su idea y propone dialogar mientras parece ser que busca casa en Waterloo, no para habitarla sino para conseguir una hermosa recalificación. Algún otro habla de pacto de sangre y aunque estas palabras se pronuncien con acento turinés, que no es el más adecuado al efecto, no puede el oyente evitar pensar en los campos de Corleone y en alguno de los nuestros. Pero la realidad es tozuda: el sueño de libertad se ha acabado. Por el momento.
Todos han salvado al fútbol: la FIFA y la UEFA, a las que jamás ha movido otro interés ni aspiración que la de facilitar el disfrute de este deporte a cuantos aficionados (y aficionadas) quieran practicarlo; las ligas profesionales, que saben fijar los mejores horarios para evitar que padres e hijos sientan la tentación de ir al estadio y pagar los moderados precios de las localidades; los doce del patíbulo, que se han inspirado con reconocida modestia en el modelo NBA. Si hubieran tenido pretensiones de hacer algo grande y rentable, no se hubieran fijado —hasta donde es razonable, que los fichajes de las grandes estrellas son sagrados— en el segundo deporte de los Estados Unidos.
Pero si alguien merece todo nuestro reconocimiento es sin duda la prensa deportiva española. Ese grupo de aguerridos profesionales que arrostran con denuedo peligros y amenazas y actúan inspirados solo por su amor a la verdad. Los periodistas deportivos españoles no son nunca correas de transmisión de los grandes equipos sino finos analistas de cualquier práctica deportiva. ¿Y los políticos? No tengan duda: sabrán recompensar los esfuerzos de cuantos han defendido el fútbol, empezando por los doce padres de la república balompédica, ganadores natos e irresponsables por cuna. Mientras tanto, los espectadores en la grada mirarán con embeleso a sus nuevos césares.

