Desde el viernes 13 de marzo, fecha en que Pedro Sánchez nos anunció que el Gobierno declararía el estado de alarma para hacer frente a la crisis sanitaria causada por el coronavirus Covid-19, se han sucedido las comparecencias de los responsables —lato sensu— políticos. Llama la atención el lenguaje y los modos empleados en sus comparecencias por el presidente del Gobierno, mezcla de belicismo de salón y almibarada expresión, acaso resultado de lecturas de autores menores, poco aconsejables para una mente en formación. Y es que, parafraseando a Gómez Dávila, la lectura de los autores menores debe de figurar entre las penas del infierno.
Se nos habla de la “guerra contra el coronavirus” como antes se nos habló de la “guerra contra las drogas”. Confiemos en que ambas expresiones solo compartan la imprecisión, nunca inocua, y que el éxito corone la primera de modo bien diferente a como lo ha hecho con la segunda. Solo en la mente de nuestros publicistas puede equipararse la actual crisis sanitaria con una guerra. Pero aceptemos que tengan razón, al menos hasta el punto de no adormecer nuestro espíritu crítico y limitar nuestra libertad de expresión, que acaso de eso se trata: de lograr la aquiescencia y cerrar filas. Supuesto que nos hallemos en plena guerra y que un virus sea un enemigo que diseña estrategias de combate y persigue objetivos militares con tácticas más o menos afortunadas, surgen algunas preguntas.
La primera de ellas tiene que ver con la definición de aliados. Hemos convenido con nuestros charlatanes —perdón, publicistas—, en que el coronavirus es el enemigo. Habrá que saber quiénes son los nuestros. Pareciera que los nuestros son solo aquellos que asienten a cuanto se dice y dejan en suspenso buena parte de las virtudes republicanas de una ciudadanía responsable; es decir, quienes están en la primera posición del saludo.
Pero si el enemigo es un coronavirus, acaso los nuestros son todos los seres humanos potencialmente atacados por la pandemia. De ser así, parece que o bien se ha instaurado la “censura militar” o bien nos estamos haciendo trampas al solitario. Si es lo primero, convendría que nuestros publicistas tomaran conciencia de que el virus no lee; no porque le cause pereza, sino porque no tiene esa facultad humana. Si es lo segundo, flaco favor nos estamos haciendo al falsear las cifras y al engañar a nuestro estado mayor, jefes y oficiales y personal de tropa. Como reiteradamente se ha puesto de relieve, las cifras no salen, no solo a escala nacional sino también internacional. Consulten, si no, las estadísticas que día a día proporcionan los medio de comunicación y asómbrense de los malos datos que ofrece Luxemburgo por comparación con otros más poblados. Seguramente, las diferencias se explican por la pobreza lacerante que padecen los ciudadanos luxemburgueses y por la calidad de la sanidad de esos otros países salidos del comunismo en plena forma física, amén de su amor por la transparencia y el rigor informativo.
La segunda pregunta que uno se hace es si en una situación de guerra no debiera procederse en consecuencia también en lo que hace a la formación de un gabinete ministerial de concentración. Si de verdad estamos en guerra, posiblemente debiéramos aprender de experiencias pasadas, absolutamente transversales, por cierto. Pensemos, sin ir más lejos, en el gabinete de guerra que liderara Winston Churchill —ese mismo cuyo nombre les suena de algo a nuestros publicistas—, integrado por conservadores y laboristas; o el gobierno de Largo Caballero, formado por todas las fuerzas políticas que se oponían al golpe de Estado. Si estamos en guerra, cumple implicar a todos los iguales y aprovechar la valía de nuestros aliados, olvidar aquello que nos divide y primar cuanto nos une. Eso, claro, es, si estamos en guerra contra el virus y no en guerra para lograr ampliar nuestra menguante base electoral.
Una última pregunta que uno puede hacerse es tiene que ver con la oportunidad de que cada uno haga esa guerra por su cuenta. Menudean ejemplos, en la asamblea de ministros y fuera de ella, de intentos de aprovechar las circunstancias para tratar de realizar el programa político de cada cual. Se han sucedido igualmente resoluciones judiciales que ordenan a las administraciones públicas a proporcionar material de protección al personal sanitario. Sorprende en particular que algunos jueces, pocos por fortuna, se presten al demagógico juego de sindicalistas indocumentados y abogados de secano. Pues si realmente creyeran que hay malicia u ocultación de ese material, debieran deducir testimonio de particulares y dar cuenta al ministerio fiscal. Eso sí, se agradecería que sus señorías dijeran dónde están las mascarillas que los gobiernos autonómicos ocultan mendazmente.
No estamos en guerra, señores charlatanes, y no procede la proliferación de comparecencias en plasma para “subir la moral de la tropa”. Lo que procede es agradecer el esfuerzo generoso que, como en las horas más difíciles, están demostrando tantas y tantas personas cuya relación pormenorizada es de todo punto imposible. Todos ellos lo hacen de manera callada y sabiendo que lo pertinente es apretar los dientes y seguir trabajando.


