CoriolanoLUIS POMED

Cayo Marcio fue un personaje trágico que gozó del privilegio, ciertamente sorprendente para alguien cuya existencia resulta más que discutible, de merecer la atención del historiador Plutarco y de protagonizar uno de los últimos grandes dramas políticos nacidos de la pluma de Shakespeare: Coriolano, escrito en 1608. Califico esta obra de drama cuando, en rigor y atendiendo a la pertinente distinción apuntada por Albert Camus, debiéramos hablar de tragedia. Para este, la tragedia se caracteriza por el hecho de que las esfuerzas que en ella se contraponen son igualmente legítimas, igualmente cargadas de razón. Por el contrario, en el drama solo una de esas fuerzas es legítima: “la tragedia es ambigua, el drama es simplista”.

En su Coriolano, Shakespeare nos presenta al general Cayo Marcio enfrentado a dos grandes retos para Roma: la recurrente tensión entre patricios y plebeyos por la carencia de trigo y la constante amenaza exterior, en esta ocasión representada por el ataque de los volscos. La derrota de estos y la toma de la ciudad de Corioles —de donde toma el sobrenombre incorporado al patronímico— coinciden en el tiempo con un alivio en la crisis de subsistencias, de modo que nuestro héroe puede emprender el reto para el que había sido formado desde su más tierna infancia: la elección como cónsul, máxima magistratura de la república.

Para lograrlo, los ritos marcaban que los candidatos habían de obtener la doble confianza de patricios y plebeyos, erigirse en figuras de consenso ciudadano. El respaldo de los primeros a través del refrendo senatorial no supone un gran obstáculo para Coriolano quien, sin embargo, debe vencer el rechazo que le causa el contacto con la plebe, la necesidad de solicitar su aquiescencia para la acción política. A una pantomima en la que Coriolano se niega a mostrar las heridas recibidas en defensa de Roma, que es tanto como decir que rechaza dar cuenta de sus actos públicos como candidato, al tiempo que adula a la plebe en presencia de sus tribunos, sucede una reacción visceral donde el protagonista destila su odio hacia el populacho. Descubierta su auténtico pensamiento, Coriolano es condenado al destierro, ocasión que aprovechará para ponerse al servicio de los volscos y tomar las armas con los enemigos de Roma. La traición se consuma y solo la intercesión de una madre no desnaturalizada —en una intervención que parece preludiar la del papa León I ante Atila— salva la república.

La obra de Shakespeare ha apasionado a los lectores y espectadores desde el mismo momento de su edición. Coriolano es un héroe trágico porque rechaza las reglas básicas sobre las que estaba construida la gobernación de la república romana, pero lo hace por una razón plausible: el pudor y la coherencia personal. Cayo Marcio se niega a adular a la plebe porque se resiste a afirmar cuanto le repugna. No es un populista porque no busca la proximidad con el pueblo y no se presenta como su encarnación. Antes bien, Cayo Marcio aspira a un cargo al que cree destinado por derecho propio y porque sus virtudes le hacen merecedor de tal honor.

Pero al comportarse de este modo, Coriolano incurre, como advirtiera Plutarco, en el error de ignorar que “quien ha de tomar parte en los negocios públicos y conversar sobre ellos con otros hombres, le conviene ante todo huir de la arrogancia, compañera inseparable del aislamiento, y abrazar la paciencia, que suele de algunos ser escarnecida”. Al negarse a mostrar sus heridas oculta los “honrosos testimonios de su valor y fortaleza” y pone en tela de juicio las reglas del juego democrático que demanda la búsqueda de consensos y de acuerdos entre pareceres parciales. Coriolano anticipa a Sila y otros tiranos en cuanto que hace de la política un juego de suma cero, que arroja fuera de la política a quienes no logran vencer en la contienda, impidiendo que sus voces puedan oírse y que puedan aportar sus razones parciales para la construcción de la razón general.

El “Coriolano” de Shakespeare nos muestra hasta qué punto quien transgrede las reglas del debate democrático acaba traicionando la república. La petulancia y el menosprecio rompen los delicados equilibrios sobre los que se asientan esas reglas, tan difíciles de reconstruir.

Nunca es mal momento para releerlo con detenimiento y atención. “Coriolano” nos invita a la modestia y nos previene frente a la soberbia de quienes creen poder ignorar las reglas. Una vez que se quiebran, la convivencia inexorablemente padece pues negamos a los demás la condición de iguales, sustento del respeto entre ciudadanos libres; dejamos de oír sus voces, que de sonido articulado se transforma en ruido y el debate nos parece estrépito vocinglero. Coriolano no fue expulsado de Roma por su gallardía sino por su mendacidad y si traicionó a la república lo hizo por despecho y petulancia, anteponiendo sus intereses personales e inmediatos a la conveniencia y convivencia de la ciudad.