Dulce porque el espíritu de la Navidad es renovador, porque todo lo transforma, porque su significado todo lo puede…
La Navidad trae consigo ilusión, alegría y amor, emociones todas ellas necesarias de sentir para experimentar la magia, la emotividad en estas fechas, estimular la actitud participativa, el espíritu de entrega y dedicación, la capacidad de comprensión para celebrar en unión y compañía el nacimiento de nuestro salvador.
Días especiales muy esperados donde la importancia del sentido de pertenencia y continuidad queda patente y manifiesto en el ejemplo de la Sagrada Familia, en la tradición y costumbre de conmemorar esta fecha de generación en generación desde la fe, en unión y armonía, tomando el ideal de esta familia cristiana para crear un ambiente de sosiego, paz, confianza y apoyo mutuo por la convicción, predicción afectiva de cómo nos sentiremos en el futuro si somos fieles a la identidad espiritual como hijos de Dios, al compromiso con nuestra Familia del Cielo, lugar de formación en valores humanos y cristianos.
Sí, queridos lectores, la Navidad es la oportunidad perfecta para reavivar el amor, sentimiento capaz de vitalizar el corazón de esperanza para encontrar en la fe, la razón de nuestra existencia, la certeza como cristianos que somos de que el futuro traerá cosas buenas. La motivación de por qué debemos sobreponernos a la tristeza, el enojo y al malestar de la pérdida o al sentimiento de frustración provocado por falsas expectativas, decepción cuando la realidad no cumple con la idea, creencia preconcebida de cómo deberían ser estos días.
Pues bien, es para los inconformistas de expectativas a los que me dirijo este mes con buena intención. A los que sin querer son presa de infelices recuerdos. A los que, cegados por vivencias traumáticas y dolorosas del pasado, no son capaces de ver lo que con su actitud pueden conseguir, lo que tantas veces cuando era pequeña me repetían mis padres cuando no salían las cosas como yo quería ¡Querer es poder!
Dar la oportunidad a lo que “el querer” puede conseguir es lo que sin duda siempre te va a ayudar. Te ayudará a perseverar para vivir en el “aquí y ahora”, enfocado intencionadamente a la realidad presente con buena actitud y todavía mejores comportamientos, impregnando el ambiente de ese espíritu navideño que con añoranza o pena echas en falta y que hoy está en tus manos crear.
El espíritu donde el rencor y el odio no tienen cabida porque el perdón y la reconciliación caminan juntos de la mano, invitando a construir un escenario donde lo que prima es estar todos unidos en armonía en un mismo sentir.
Tras lo expuesto queda más que manifiesto el poder y la influencia de la Navidad para evocar recuerdos, vivencias entrañables para algunos y frustrantes para otros, pero también queda al descubierto lo que tan obvio y evidente es: que los recuerdos aun siendo inevitables no son determinantes.
No determinantes si uno es capaz de sobreponerse para ver el futuro con perspectiva, con esperanza de lo que a uno le espera si hace las cosas bien, escuchando los sabios consejos de esa voz llamada conciencia, encargada de remover actitudes y comportamientos para obtener un sentido y propósito en la vida.
Está claro, ¡tú eres el que decide!, el que decides con voluntad propia ser preso de la amargura del pasado o vivir en el presente de forma más acertada, reinterpretando el verdadero sentido, significado de estas fiestas, el legado de Jesús con su nacimiento.
La época donde valores a flor de piel se manifiesta con intención de enternecer el corazón, hacerlo más sensible a los deseos o necesidades del otro porque así Él nos lo ha enseñado. El que iluminó el mundo con su nacimiento, el que lo llena de esperanza, complementa de amor y nos hace entender que nosotros no somos quién para desmantelarlo.

