Las supersticiones y los ritos mortuorios han existido desde siempre. Evoquemos algunos del siglo XVI –e incluso anteriores– que, curiosamente, aún perduran.

Con el propósito de ayudar a los difuntos a viajar al más allá, se alineaba el lecho del moribundo con las tablas de madera del suelo y nadie debía situarse a sus pies. Todos los nudos que hubiese en la habitación debían ser desatados. Puertas y ventanas habían de permanecer abiertas. Se cubrían los espejos y objetos reflectantes para que la imagen del espíritu no quedase atrapada y éste no vagara por la casa, eternamente atormentado.

Rumbo al cementerio era fundamental sacar al cadáver con los pies por delante, es decir, en el sentido inverso al que había nacido. Las puertas del hogar no se cerraban hasta que el último miembro del cortejo fúnebre las hubiera traspasado.

Morir en Viernes Santo significaba –en memoria de la muerte de Cristo–  tener asegurado el Edén. Otro tanto ocurría en Nochebuena: las puertas del Cielo estaban abiertas.

Criticar a los muertos entrañaba el peligro de perturbar su sueño y convocar una visita indeseada. Se presume que de ese temor pudo nacer la frase “Descanse en paz”.

Dejando aparte a quienes tocaran o besaran un cadáver por amor, había quienes lo tenían como morbosa costumbre para tener suerte y, de paso, ahuyentar posibles pesadillas con su espectro o ser poseído por él. Si el asesino de un occiso le tocaba durante el velatorio, la herida volvería a sangrar, delatándole.

Un cadáver que se conservara tibio o hubiese expirado con los ojos abiertos era mal presagio: su mirada sin vida causaría el fallecimiento de un familiar. Se cuenta que así se inició el hábito de cerrar los párpados tras la exhalación del último suspiro.

Cuando se arrojaba un ataúd al mar, ningún marinero debía verlo sumergirse entre las olas o pronto moriría.

Durante una ceremonia nupcial, el contrayente a quien se le cayera el anillo de bodas sería el primero en morir. Si la sortija se le caía al padrino –o a otro tercero– y rodaba hasta posarse sobre la losa de una tumba de la iglesia, todos corrían a ver a quién pertenecían los restos: el primero de los novios en morir sería el del mismo sexo que el sepultado.

En el caso de los suicidas –dada la prohibición religiosa de atentar contra la propia vida–, la vivienda donde se cometiese el ignominioso acto quedaba maldita y el fantasma del pecador, condenado a deambular sin descanso por aposentos, pasillos y escaleras. Sus cuerpos eran inhumados al norte de los camposantos, fuera de la tierra sagrada, donde yacían –sin haber recibido exequias– madres solteras, mujeres de mala vida, niños sin bautizar, criminales y cadáveres no reclamados. Más tarde se empezó a enterrar a los suicidas en los cruces de carreteras, con el fin de desorientar a sus almas en pena e impedir que encontraran el camino de vuelta y regresaran a embrujar el pueblo o la casa. Con la intención de sujetarlos a la tierra, se les clavaba una estaca atravesando su cuerpo por el corazón.

El luto, además de indicar tristeza, se debía a la convicción de que el demonio no podía divisar el color negro y así, mientras buscaba deudos debilitados por el dolor para llevárselos, los enlutados evitaban ser vistos.

¿Acaso esbozarán las almas una compasiva sonrisa cuando –ya en ese paraíso que aparentemente tantos requisitos exige para ser alcanzado– miren desde allí a los pobres mortales, condicionados a tan macabras y atávicas creencias?