JULIO PAREJA

¿Les gusta el cine? ¿El cine de intriga, policíaco o de espías? Pues vayan a ver “El Topo”, si no la han visto aún. Es una película de espionaje, muy buena, basada en una de las mejores novelas del género que se han escrito. Si conocen a su autor, John Le Carré, si han leído algo suyo, si recuerdan al personaje fundamental de sus novelas de espionaje, el agente Smiley, les gustará. Y si, además, lo que leyeron es El Topo, mucho más.

Y si no los conocen, ni la novela ni el personaje ni el autor, les parecerá una buena película pero un poco confusa. Vayan a verla, de todas formas, y luego lean algo de Le Carré, y de Smiley. Disfrutarán con ello.

¿Les gusta el teatro? ¿El teatro representado al estilo de siempre, con decorados, muebles, ventanales, actores vestidos clásicamente? No me atrevo a aconsejarles tan rotundamente como antes, pero vayan a ver Drácula. Es una buena obra de teatro con un montaje que no me entusiasmó y una dirección mejorable. Con buenos actores que podían haber logrado mejores resultados. De todas formas, si conocen la historia, si recuerdan el nombre del profesor Van Helsing, si saben quien era Drácula y sobre todo si han leído la novela de Bram Stocker, véanla.

Ambos espectáculos, la película y la obra de teatro, están ahora mismo en cartel. Pero lo que me ha hecho relacionarlos, y escribir sobre ellos, es algo que ambos tienen en común: Salvando las distancias, si es que hay que salvarlas, son obras escritas, pertenecen a la literatura. Las vemos (las veremos) pero para poder gustar de ellas deberíamos haberlas leído antes. Y, desgraciadamente, en un alto porcentaje de espectadores eso no habrá sucedido.

¿Qué nos pasa? No leemos. Ni acostumbramos a nuestros hijos a leer. La generación de nuestros hijos está ahora en los cuarenta años. Está en los treinta años. Está en los veinte años. Está en los diez años. Es igual. Como es igual en qué década está la nuestra. Leemos poco, demasiado poco. Y es el ejemplo que les hemos dado, en casa. Porque en el colegio les enseñan, claro. Aunque me temo que no les aficionan.

La lectura tiene que luchar hoy día contra enemigos muy poderosos. Todos los derivados de la imagen, de los videojuegos, de las tabletas, de los i-pads o de los teléfonos móviles. Pero todos estos enemigos son complementos de la literatura. Comenzando, claro es, por los cómics. Porque  cualquier tema que veamos en un instrumento moderno está ideado y escrito por alguien previamente.

El cine no acabó con el teatro. La televisión no acabó con el cine. El ordenador no acabó con la televisión. Los sistemas modernos ayudan a transformar los ya existentes, y son maravillosos instrumentos para impulsar la creación y hacen posible su difusión de una forma que hace unos pocos años era inimaginable.

Pero esta facilidad para la difusión de la cultura no puede ser individual, manejando un instrumento en la soledad de casa. En estos años últimos se está haciendo una maravillosa labor a través de las bibliotecas municipales, por lo menos en los pueblos a los que nos dirigimos desde aquí. Y se está consiguiendo una cierta colaboración entre los entes culturales y los institutos y colegios. Es necesario insistir en ello. Porque tenemos que salvar el futuro, el nuestro y el de quienes nos siguen.

Hace unos meses intervine en un homenaje en el teatro Bulevar a Miguel Hernández. Hubo la asistencia esperada, no más de setenta personas. Al final de la lectura se encendieron las luces de la sala por si alguien del público quería intervenir. Y eso me permitió, desde el escenario, contemplar al público. La edad media de los asistentes no bajaba de los sesenta años.

Cuando se repita ese homenaje, dentro de diez o de quince años, ¿habrá espectadores?